En el colegio teníamos un compañero que siempre nos contaba las historias más inverosímiles. Nos contaba que era capaz de hacer el Kame-Hame. O que una vecina lo acosaba sexualmente. Estas historias eran divertidas, él tenía unos ocho años y su vecina era una amable anciana que pasaba los setenta. Nadie nos lo creíamos. Pero era divertido escucharlo, porque el tío era una fuente inagotable de historias.

Años más tarde —aunque sigue siendo un fantasmilla—, las tornas han cambiado y soy el que se inventa este tipo de historias locas. En mi caso, seguramente esa anciana sería algún tipo de vampiro o bruja sedienta de sangre joven. Por suerte, yo tengo otras herramientas y entiendo por qué nadie se creía lo que nos contaba: no era capaz de hacernos creer. No lograba que suspendiéramos la incredulidad.

Analizando esas historias de niño con perspectiva de adulto —de adulto que escribe— entiendo que eran demasiado locas. Toda historia, incluso la más fantástica, debe contener una parte de realidad. La justa para que una parte de tu cerebro piense que puede sucederte a ti.

Mi colega era un mentiroso compulsivo, pero en mayor o menor medida, también lo somos todos los escritores. ¿Y sabes qué? La parte más satisfactoria de escribir es lograr que el lector se trague tu bola. No hay nada mejor que ver al lector meterse en la historia. No encontrarás mejor sensación que la de un lector derribando los muros de la incredulidad.

Eso, colega, es la suspensión de la incredulidad. Y es la sangre que corre detrás de cualquier historia.

Las buenas mentiras

Incredulidad

Aunque todos queremos creer en lo que leemos, nos cuesta vencer la resistencia.

 

Las buenas mentiras son las que contienen un poco de verdad. Es así de sencillo y, al mismo tiempo, así de complicado. Una mentira tiene la capacidad de hipnotizarte y arrastrarte al abismo. ¿Nunca te ha pasado? Tienes la mentira perfecta, la sueltas y todo va bien, pero hay algo dentro de ti que pide más y tú sigues.

Ahí es donde la sueles cagar. Cuando estiras la mentira. Al principio la mentira es sencilla y perfecta, una excusa: mitad verdad, mitad mentira. Pero a medida que crece, la bola se hace más grande, hasta que llega un punto en el que resulta insostenible.

Eso es justamente lo que le pasa a muchas historias. Comienzas a escribir y la cosa va bien, pero tu mente se desata y las cosas se complican. En este tipo de historia suele suceder algo que Stephen King describe en Danza Macabra y es que «a los monstruos se le ve la cremallera del disfraz».

Lo bueno es que mentir es un arte y como tal se puede entrenar y mejorar. Hoy quiero compartir con vosotros algunos puntos sobre la incredulidad y cómo podéis vencer esa resistencia natural de todo adulto a creerse las mentiras de los demás.

Cómo mentir convincentemente y vencer la suspensión de la incredulidad de tu lector

El escritor debe ser un maestro en el arte de mentir. Yo siempre he sido un pelín mentirosillo, pero mis mentiras nunca estaban a la altura. No lograba vencer la suspensión de la incredulidad y siempre me acababan pillando.

Entonces, escuché sobre tres grandes maestros que me podían ayudar. Ellos me enseñarían técnicas milenarias que me ayudarían a vencer a ese peligroso enemigo: la incredulidad. Hoy vengo a contaros mi historia.

Investigación

Los tres pilares de la suspensión de la incredulidad

El primer maestro me enseñó que toda buena mentira debe contener algo de verdad.

 

Mi primera parada fue el oscuro y tupido bosque de la Información. Era un lugar espantoso, los árboles crecían tan juntos que apenas se podía avanzar. Allí se escondía el primer maestro: la investigación.

Llegué a su dojo con la sangre hirviendo, quería escribir y tenía unas ganas locas de sentarme frente a un papel y soltar todas esas historias que bullían en mi cabeza. Sin embargo, lo que me dio el maestro no fue papel y lápiz, sino un libro. Antes de escribir tienes que leer, me dijo, y tienes que leer mucho.

Investigar es la parte menos divertida de la escritura —aunque hay escritores que disfrutan muchísimo haciéndolo—. Cualquier obra de ficción debe contener una gran parte de realidad. Tienes que investigar, conocer los lugares en los que correrán tus protagonistas, el momento en el que vivirán y el mundo que los rodeará.

Actualmente estoy escribiendo una novela sobre una mujer que cae presa de una secta. Antes de lanzarme a escribir, me pasé mucho tiempo viendo documentales y leyendo sobre gente que había formado parte de sectas. Vi Wild Wild Country —y la recomiendo a todo el mundo— y me metí hasta el fondo de Google buscando información sobre cómo las sectas condicionan el comportamiento.

Personajes y emociones

Suspensión de la realidad, personajes

El segundo maestro me enseñó la importancia de crear personajes realistas

 

El segundo maestro estaba en lo alto de una montaña. Era el fúnebre Pico Caracterización y los huesos de innumerables escritores adornaban sus escarpadas laderas.

Estuve a punto de desfallecer en mi subida hasta la cima, pero mi fuerza de voluntad me ayudó a coronar aquel pico maldito. Allí me esperaba el maestro Encarnador, un hombre que había descrito a la humanidad; cada hombre, mujer y niño. Aceptó ayudarme, pero antes tenía que hacer algo. Pasé incontables días rellenando cuestionarios y fichas de personaje. Cuando pensé que jamás lo conseguiría, me reveló su secreto: «si quieres que el lector suspenda la incredulidad, tienes que lograr que confíe en tu personaje».

Puedes hacer literalmente cualquier cosa, si tu lector, se identifica y ama a tus personajes. Fíjate, por ejemplo, en Harry Potter; sus personajes son creíbles y, por tanto, la autora se permite hacer cualquier locura, porque el lector seguirá leyendo y creerá en cualquier cosa. Si les gusta tu personaje, tendrán fe ciega en ti.

Si los personajes de Rowling no fueran tan buenos, nunca te hubieses tragado ninguna de sus historias sobre escuelas de magia, espectros, magos que vuelven de la tumba y dragones.

Métete en los zapatos de tu personaje, comparte sus emociones. Haz que tenga reacciones humanas, que se enfade por tonterías, que tenga malos días, que llore… Tienes que lograr que tus personajes parezcan reales, que sean personas con las que podrías sentarte a tomar un café o una cerveza.

El demonio está en los detalles

Suspensión de la incredulidad: la importancia de los detalles.

El tercero maestro me mostró la importancia de los detalles dentro de toda gran historia

 

El tercero era el más peligroso de los maestros. Muchos habían partido en su búsqueda, pero muy pocos lograron regresar. Decían de él que era voluble y que había engañado a muchos de sus alumnos, pervirtiéndolos o llevándolos a la muerte.

Lo encontré en un viejo fumadero de opio, velado por el grasiento humo de las pipas. Estaba sentado en un desvencijado taburete y frente a él, había desplegado un tapiz que representaba un dragón. Estaba hecho con tanto arte que parecía que sus escamas brillasen a la luz de las velas y sus ojos, parecían seguirlo a uno. Él había hecho aquel tapiz y tenía tantos detalles que el dragón parecía vivo.

Cuando era pequeño solía mentir a mi madre —ya os he dicho que soy mentirosillo—, muchas veces le decía que me iba a casa de un amigo, cuando en realidad me iba a un concierto. Sabía que, cuando regresara mi madre me preguntaría, así que debía preparar una historia. Tampoco tenía que pasarme; bastaba con decir que habíamos jugado a la consola, si me pasaba y le decía a qué consola y qué juego, sabía que sospecharía.

Al escribir ficción sucede lo mismo. Cuánto más específicos sean los detalles, más sencillo será que el lector crea en tu historia. Es por eso que debes conocer a tus personajes e investigar un poco sobre tu historia. El demonio está en los detalles y, si lo haces bien, basta con un par de pinceladas para dar vida a cualquier personaje o lugar que te propongas. Así lo hace Abercrombien en su trilogía de La Primera Ley y lo borda. Cada personaje y lugar está bordado con un par de pinceladas, nada de largas descripciones, solo un detalle por aquí y otro por allá.

Nunca has visto una nave espacial, pero si una aterriza en el jardín de tu protagonista, más te vale que ese jardín sea realista —porque sí que habrás visto algún jardóin en tu vida, ¿no?—. Haz que huela la tierra húmeda y que vea cómo las luces se reflejan en las azaleas que hay junto a la fuente.

Pero ojo, tampoco te pases. Si das demasiados detalles, sacarás al lector de tu historia y lo perderás para siempre. Eso es lo peor. Encuentra el equilibrio, crea detalles concretos, dale esa pincelada de realidad, pero no te pases. No aburras al lector con demasiada descripción.

Cree en ti mismo

Sí. Mi último maestro era Coelho. No. En serio, cree en ti, en el más literal de los sentidos: cree en ti, en lo que estás haciendo, involúcrate a tope en tu historia —no importa lo bizarra que sea— y escribe. Sigue adelante.

Si eres capaz de meterte dentro, de dejar una parte de ti en la historia, el lector lo sentirá y también creerá. Lo hará porque verá al escritor detrás de la historia y eso le hará confiar. Al fin y al cabo, ¿si tú no crees en tu historia, por qué iba a hacerlo un lector?