¿Sabes cuál es el problema de la frase «cualquier tiempo pasado fue mejor»? Que ahora mismo estamos viviendo en el tiempo pasado de alguien y está siendo una mierda. Pero dentro de veinte años, un día pensarás: «antes las cosas estaban mejor». Pues que sepas desde ya que te estás mintiendo.

Piénsalo bien y verás.

Yo me hincho a leer artículos de escritores —aunque también sucede entre otras especies animales—, en los que aseguran que antes era todo más fácil. La mayoría de los que dicen que antes las cosas eran más sencillas o mejores, seguramente no saben cómo eran esas cosas antes, más que nada porque no habían nacido aún. Pero en general, porque no se acuerdan y, si se acuerdan, solo se acuerdan de lo bueno.

Sobre los tiempos pasados

Lo bueno que tiene nuestro cerebro, es que se queda solo con la información buena, la que le interesa. El motivo por el que, después de unos meses, echas de menos a tu ex es porque tu cerebro barre bajo la alfombra los malos recuerdos. Dejándote solo con la parte buena.

La semana pasada hablé sobre dejar de escribir. El motivo por el que no dejas de escribir, además de las falacias de coste hundido y tal, es que te acuerdas de los buenos momentos. De aquel personaje tan bueno que creaste, de la historia tan genial que escribiste… Pero tu cerebro borra todos esos momentos amargos en los que te dabas cuenta de que la historia era un bodrio o cuando te bloqueabas y te pasabas semanas estancado en la misma escena.

He leído últimamente mucho la frase: «hace unos años solo éramos tres o cuatro blogs sobre escritura». Es verdad, yo también recuerdo esos tiempos. Y recuerdo otra cosa más, lo jodido que era saber cómo llevar tu blog. Éramos pocos y la información que había era nula.

Ahora mismo, abrir un blog es muy sencillo. Tienes de todo: artículos, guías, libros, cursos, mentorías… Yo me hubiese beneficiado muchísimo de todas esa información. Pero en mi caso, me tocó aprender por las malas, a base de cagarla una y otra vez.

¿Te haces una idea de lo bien que me hubiese venido toda esa información que existe ahora? También te digo una cosa; seguramente mi blog no sería lo que es ahora. Porque aprender por la fuerza te obliga a esforzarte, a poner toda la carne en el asador.

Es cierto que hay algunas cosas que sí han cambiado para peor. Ya te hablé en otro artículo sobre la muerte del marketing. Cuando empecé con esto, cualquier correo que enviaras se abría y era leído —porque si se abre y no se lee, es como si no se abriera—. Pero en general, este tiempo es mucho mejor.

Times Have Changed

Y no solo es porque Dylan se llevase un Óscar con esta canción. Es que los tiempos han cambiado mucho. Cuando escucho que a un escritor que dice: «antes era más fácil» o «antes era mejor» no puedo evitar soltar una risita. Publicar un libro antes era un trabajo digno de Hércules.

escribir es más sencillo hoy en día¿Te acuerdas de lo que era eso? Tenías que escribir algo muy bueno. Ese «algo muy bueno» tenía que pasar el filtro de algún editor o de un agente. Es decir, tenía que caer en su mesa, el día adecuado y en el momento adecuado. Ya podías rezar para no ser el último de una pila de manuscritos aburridos.

Si pasabas ese filtro, aún te quedaba la parte complicada. Ese manuscrito tenía que encontrar un espacio de publicación. Se enfrentaría a la picadora de carne de las correcciones y de las adaptaciones editoriales. Solo para salir del laberinto y toparse de bruces con el departamento de marketing. De ahí salías con una descripción mediocre y una portada horrible.

Y todo eso, si tenías suerte.

El escaparate y la cúpula del trueno

Si tu libro pasaba por todas esas pruebas y salía con vida, debía enfrentarse al verdadero desafío. Uno que marcaba la medida de cada escritor. La promoción.

En aquellos «buenos tiempos» podías saber lo que se vendía —o lo que se iba a vender un libro— por su posición dentro de las librerías. Si te quedabas en la estantería ordenado alfabéticamente dentro de tu género, entonces eras un cadáver andante. Si tu libro tenía un espacio privilegiado al final de la estantería, es que había alguien que confiaba en ti.

Para los más fuertes habían dos lugares posibles. El primero era una mesa expositor, si tu libro terminaba aquí es que o eras fuerte o ibas a serlo. Pero el Olimpo, el puesto al que todos aspiraban, estaba en el escaparate. Si tu libro estaba ahí, expuesto a las miradas curiosas de los viandantes, es que habías ganado no solo la batalla, sino la guerra.

Otra forma de separar el polvo de la paja, era la promoción. Si tu libro era bueno, si la editorial apostaba por ti, entonces enviaban los libros con un bonito expositor de cartón. Si a la publicación de tu libro, la acompañaba una simple nota de prensa, es que nadie apostaba un duro por ti.

Nada de esto medía la calidad de un libro. Como aún sucede hoy en día, en esos puesto de honor hay libros que no son tan buenos. Y hay otros libros que se pierden como lágrimas en la lluvia y que tienen muchísima calidad.

Escribir en tiempos revueltos

Internet ha democratizado la publicación. Hoy en día la tecla se ha convertido en el opio del pueblo.

Oigo mucho eso de que «es que hoy todo el mundo escribe», pero también he leído a Cicerón afirmar que: «cada vez que voy a una fiesta me doy cuenta de que todo el mundo es escritor». Esos tiempos pasados tan buenos, se parecen bastante a estos de hoy, que son una mierda.

El problema no es que todo el mundo sea escritor. Hoy en día todo el mundo es escritor, fotógrafo o director de cine. Ese es el regalo de Internet y de los smartphones. Las redes sociales nos permiten crear nuestros contenidos, esto, a su vez nos permite especializarnos, crear más y compartir nuestros conocimientos con los demás. 

A mí esto no me parece que sea algo malo. Al contrario. Creo que hemos llevado el fuego a los hombres y aunque algunos dioses de ese Olimpo de librería anden molestos, ya nadie nos encadenará a la ladera de una montaña para que un águila se coma nuestro hígado. Como mucho escribirán un artículo quejándose… En todo caso ese será su tártaro personal: escribir quejándose de los que escriben.

Lo buenos tiempos y los viajes en DeLorean

A mí me hubiese gustado ser Allen Ginsberg, sentado tras una Underwood en el Nueva York de los años 50, puesto hasta el ojete de benzedrina y escribiendo poemas que iban a cambiar el mundo y dar a luz un movimiento social nuevo.

Pero uno hace lo que puede con lo que Dios le ha dado, ¿no? Soy un tío de treinta y tantos que escribe desde un ordenador. Vale, me pego unos buenos festivales de cerveza, pero poco más… Soy un pequeño burgués, es lo que hay. No cambiaré el mundo con lo que escriba, pero tampoco es algo que me quite el sueño a estas alturas.

Algunas veces me gustaría viajar en el tiempo y ser uno de esos escritores, de los de antes. Pero la verdad es que estoy bastante contento con lo que hay hoy en día. De hecho, creo que estamos viviendo uno de los mejores momentos de la literatura.

Si te paras a pensar, esos «clásicos» a los que tanto amamos no eran más que un puñado de gente rica que escribía porque se aburría. No te equivoques, me encanta Fitzgerald, pero no era más que un niñato rico, escribiendo sobre cosas de niñatos ricos. Y lo mismo con cualquiera de los otros grandes escritores.

Hoy en día cualquiera puede escribir y, lo mejor de todo, cualquiera puede hacer una promoción y llegar al Olimpo. Lo mejor de todo: ni siquiera necesitas una editorial.

Hay muchos ejemplos de escritores que, sin ayuda de nadie, han logrado publicar tanto como una editorial. Ana González Duque, por ejemplo, ha vendido tantos libros por su cuenta como una editorial pequeña —sumando todo su catálogo—. Eloy Moreno se convirtió en un fenómeno por medios propios, pateándose las librerías con una maleta de libros. Juan De Dios Garduño y su Y pese a todo, logró captar la atención de miles de lectores y de un director de cine…

¿De verdad crees que hubo un tiempo mejor?

El crowdfunding y la Florencia de los Medicci

Si algo podríamos echar de menos los artistas son los mecenas. Ya sabes, eran los sugar daddy del artisteo, tipos forrados que financiaban la vida de los artistas. No sé si decir que pagaban por su trabajo, porque sabiendo cómo somos, seguramente se dedicaban a la contemplación durante la mayor del tiempo y terminaban sus obras sobre la campana, el día antes de la fecha de entrega.

Pues ya ni eso podemos echar en falta. Hoy en día existen cantidad de plataformas con las que «financiar» nuestro arte. Si quieres autopublicar un libro tienes ya un buen número de plataformas de crowdsourcing y de crowdfunding con las que sacarte unas pelas para pagar los abultados presupuestos de correctores, lectores editoriales y editores.

Además de todo esto, que no acaba de ser una inversión puntual, tenemos plataformas como Patreon. Esta nos permite obtener un flujo de dinero constante. No es que te vayan a dar pasta por tu cara bonita —a menos que te dediques a la fotografía erótica—, pero es una buena forma de financiarte. En Patreon, la gente te dará ingresos mensuales a cambio de tu arte.

Aunque es un plataforma que sigue resultando compleja para escritores, hay ya alguna que otra buena acción. Gabriella Campbell y Rocío Vega tienen sus propios Patreons y en ellos ofrecen cosas interesantes a cambio de dinero. Existen otras plataformas de este tipo, como Buy Me A Coffe, así que, si quieres lanzarte a la piscina, puedes intentarlo.

The Age of Aquarius

En fin, no me voy a escaquear, yo también me he quejado de esto. Y mucho. Pero si te paras a pensar en todas las oportunidades que tenemos los escritores hoy en día para publicar y ser visibles, me tengo que callar.

Los tiempos pasados, pasados están y los que importan son estos.

Tenemos la posibilidad de levantarnos una mañana, escribir un relato y tenerlo publicado —con su portada y todo— antes de que caiga el sol… ¿Tienes idea de lo que mola eso?

Hoy en día escribir es divertido, tenemos un millón de aplicaciones de escritura, aplicaciones para hacer escaletas, podemos publicar completamente gratis, tenemos blogs… ¿Qué más se puede pedir? Hoy en día puedes escribir de lo que quieras, puedes hablar de absolutamente todo y eso no tiene precio.

¿Qué pedirías tú?