Recuerdo que cuando era pequeño vi por casualidad una escena de El misterio de Salem’s Lot. Aunque hoy en día parece impensable, la miniserie de Tobe Hooper se emitió en Telecinco —igual que Twin Peaks—. Durante varios meses no me atreví a mirar por la ventana de mi habitación por las noches. No quería ver a un niño vampiro flotando ahí fuera —vivía en un cuarto piso—.

Poco después de eso, con 11 o 12 años, empecé a interesarme por la literatura de terror. Había leído un viejo libro de Poe que tenía mi padre por casa y estaba enganchado a Los Cuentos del Guardián de la Cripta —que por aquel entonces podíamos ver en TV3— y cosas por el estilo. Pronto caí en las garras de Stephen King, gracias a El Umbral de la Noche que algún buen colega sisó de la estantería de su hermana mayor y me prestó.

A principios de los 90 Stephen King, aunque era conocido ya, no tenía la enorme reputación que tiene hoy en día. Era un escritor de terror, para la mayoría era algo comercial, muy pulp. Era un escritorzuelo, sustos fáciles, pero nada de literatura.

Pero King ha demostrado muchas cosas en esos años. Una de ellas es que sí es un escritor literario. Novelas sin toques sobrenaturales como El Cuerpo, Dolores Clairborne, Rita Hayworth y la redención de Shawshank o la claustrofóbica Misery, demuestran que es un escritor sólido. Como Elmore Leonard, su constante trabajo le ha valido su reputación.

Puede que la aparición de ese fenómeno literario llamado young-adult, haya ayudado también a sacar sus libros del territorio adolescente. Obras como La larga marcha ya no se consideran como una distopía adolescente, como sucedió en los 70 cuando se publicó la novela. Hoy en día, una obra de estas características entra dentro de la categoría de terror o ciencia ficción —o cualquiera de los 200 subgéneros de frontera entre ambas—.

Al lector de King —al de verdad, al que lee todo lo que sale de esa pluma— tampoco le importan mucho las distinciones. El propio King, en Dr Sueño se ríe de esa literatura YA. En una parte de la historia uno de los personajes piensa: «Es como estar en una de esas novelas de romance sobrenatural, de las que la señorita Robinson en la escuela llama porno para adolescentes». También hay alusiones más directas a Crepúsculo, Juego de Tronos y hasta a Bruce Willis en El Sexto Sentido.

Y este es uno de los grandes puntos de Stephen King. Si uno lee mucha ficción, ya sabrá que los personajes de las obras de ficción rara vez han leído o visto ficción. Y es una lástima, porque seguro que les ayudaría en su lucha contra hombres lobo, vampiros y zombis.

La ansiedad de la influencia

Cuando te enfrentas a Doctpr. Sueño lo haces con cierta ansiedad. Esta novela es la secuela de la mejor y más famosa obra de Stephen King: El Resplandor. Y el propio King se pone la venda antes de la herida, cuando al terminar el libro nos dice que nunca las segundas partes fueron buenas. En sus palabras:

«[…]pero nada puede equipararse al recuerdo de un buen susto, y quiero decir nada, especialmente si quien se lo ha llevado es una persona joven e impresionable».

Stephen King

En este epílogo también se acuerda de la película de Stanley Kubrik, que odia profundamente. Y a la que se refiere con la frase: «que muchos —por alguna razón que jamás entenderé— recuerdan como la más terrorífica que jamás hayan visto». Para finalizar nos deja una advertencia y es que la historia real de la familia Torrance, la que continua en Doctor Sueño, se explica en la novela y no en la película de Kubrik.

Doctor Sueño: A veces veo muertos

La novela arranca con un prólogo que parece el resumen de una serie de televisión. Después nos encontramos con Dan Torrance, el hijo de los Torrance, el que veía a los muertos en los pasillos del Overlook y que tenía el resplandor. Ahora es un hombre.

Como es habitual en King, Dan no es un héroe al uso. Tras los hechos del Overlook y la crisis familiar posterior, el chico se ha convertido en un borracho —igual que su padre—. Se pasa las noches de bar en bar, siempre metido en peleas y cuando necesita dinero, se lo roba a las mujeres con las que se acuesta. Dan se nos presenta de un patetismo absoluto, las descripciones de las resacas son bastante gráficas —aquí el maestro tira de experiencia personal— y vemos como el tipo sufre una crisis existencial. En sus palabras: «no lleva lo que los buenos americanos llamarían una vida ejemplar».

Un buen día, se sube a un autobús y aterriza en un pequeño pueblo de New Hampshire, donde pretende retomar su vida. Acude a las reuniones de alcohólicos anónimos y consigue un buen trabajo como celador en el turno de noche en un geriátrico. El edificio es típico de una peli de terror, con solo una torre, lo que le da un aspecto desequilibrado.

Los poderes de Dan, dormidos por el alcohol, despiertan de nuevo y le sirven para ayudar a los ancianos a morir en paz. Es entonces cuando Danny empieza a recibir mensajes telepáticos de un niña, cuyo poder es mucho mayor al suyo. En pocas palabras, resplandece mucho más. Cuando la pequeña, Abra, cumple 13 años, descubren que está incluida en el menú de un grupo de gente muy malvada, el Nudo Verdadero.

Para presentar al grupo, Stephen King utiliza un truco —muy suyo también— que es romper la cuarta pared. En el momento de presentar al Nudo Verdadero, se dirige directamente al lector y le pregunta cuántas veces se ha encontrado atrapado tras un desfile de autocaravanas.

La belleza de un lenguaje simple

El Nudo Verdadero son un grupo de seres extraños, «demonios vacíos», que tienen una vida mucho más larga de lo normal, aunque no llegan a ser inmortales: «cabalgaron sobre camellos en el desierto, cruzaron el este de Europa en carretas. Se alimentan de los gritos y se beben el dolor». Estos seres se alimentan de personas como Dan y Abra. Absorben el resplandor —aunque ellos lo llaman vapor— y devoran a sus víctimas, las vacían.

En algún punto de la historia, Dan y Abra discuten sobre la naturaleza de estos demonios. Son vampiros, pero no del todo. Este tipo de conversaciones son habituales en la obra de King y ayudan a dar una pátina de normalidad a lo sobrenatural.

Es esta sencillez en la explicación de los fenómenos más complejos lo que hace de la obra de King lo que es. En cierta manera, siempre me recuerda a Murakami, que es capaz de introducir los elementos más extraños en una narración, de una forma tan simple, que ni siquiera te das cuenta de lo que está pasando. King lo demuestra con una muerte: «la vida se escurrió de su rostro, como el agua por el agujero del sumidero». Simple y efectivo.

Incluso cuando las cosas se le van de las manos, como en la escena en la que Abra lucha con Rose la Chistera —en una estancia llena de armarios y montada sobre un caballo lanza en ristre—, King es capaz de ordenar la escena y dotarla de cierto sentido lógico. Es capaz de crear tensión dramática en una escena con dos personas encerradas en un coche y luchando telepáticamente por el control de una pistola.

¿Qué es Doctor Sueño?

Todo lo que os he contado está muy bien. Pero ¿da miedo? Doctor Sueño no es un libro que te vaya a matar de miedo. No hay imágenes que puedas comparar a la del seto león persiguiendo a Dan en el parque del Overlook. Además, aunque Rose la Chistera es una de las mejores villanas creadas por King, el resto del Nudo Verdadero parecen más bien comparsas cómicas.

Lo que le falta en músculo a Doctor Sueño, lo compensa con sutileza. Las escenas en las que Dan acompaña a los residentes durante los últimos momentos de su vida son especiales. Son emotivas y espirituales. Esos momentos tienen acotaciones de T.S, Eliot, Ezra Pound e incluso letras de los Village People. Tampoco faltan los personajes adorables, típicos de King, como Concetta la abuela italiana de Abra.

Además, en El Resplandor, King nos retrataba su propio alcoholismo: «un borracho de los de antes», decía él mismo. En Doctor Sueño, nos pinta un arco mucho más amplio, con un Dan que cae en el alcoholismo, siguiendo los pasos de su padre, pero que es capaz de tocar fondo y salir a la superficie. «Tu mente es una pizarra» dice en un punto Dan, «y la bebida es el borrador». Los personajes se muestran escépticos con el credo de Alcohólicos Anónimos, sin embargo, el libro abre con varias anotaciones del libro de la asociación.

En una lectura muy profunda de Doctor Sueño, el Nudo Verdadero podría ser una alegoría del alcoholismo. Al fin y al cabo, estos villanos dependen de una sustancia, el vapor, para seguir vivos y, en el proceso de obtenerla, destrozan la vida de todo el mundo. En especial, de los niños.

En realidad, Doctor Sueño no es una novela sobre monstruos. Es una novela sobre un solo monstruo, el tiempo. Para Dan, en uno de sus monólogos internos el tiempo es su peor enemigo: «El tiempo cambia. Eso es algo que solo los borrachos y los yonquis entienden. Cuando no puedes dormir, cuando te aterra mirar a tu alrededor, el tiempo se elonga y le crecen dientes».

El tiempo con dientes: ese sí que es un gran villano.