Hoy tengo un invitado especial —uno al que admiro y sigo mucho—, es Víctor Sellés. Víctor es corrector, escritor y un muy largo etcétera. En esta ocasión ha venido a hablarnos de literatura victoriana, en concreto de los Penny Dreadful. Si quieres saber qué eran, sigue leyendo. Y si quieres conocer a Víctor —algo que te recomiendo—, puedes visitarlo en su blog.

¿Te acuerdas de Penny Dreadful, la serie de Showtime? A mí me parece que no estaba mal. Disfruté bastante con sus diálogos afectados heredados del Romanticismo, con esa ambientación fantasiosa del Londres victoriano y con algunas de las tramas sobrenaturales. Sea como sea, es posible que sepas que el título hace referencia a un formato literario muy popular en la Inglaterra del siglo XIX, los penny dreadfuls, también llamados en ocasiones penny bloods o penny horrors, con similares connotaciones negativas.

Sin embargo, una de las cosas que más me sorprendió de la serie es que ninguno de sus personajes pertenece de verdad a los penny dreadfuls. Tanto Frankenstein (1818) como El retrato de Dorian Gray (1890) o Drácula (1897) fueron publicados como novelas o, en el caso de Dorian Gray, como ficción seriada en una revista literaria. Pero dado que hace tiempo que la televisión ejerce un dominio absoluto sobre la literatura, no es infrecuente encontrarnos con errores como este que intentan canibalizar el éxito de la serie para endosar un puñado extra de ejemplares.

Hoy quiero aprovechar que Jaume me ha dejado un espacio en su web Excentrya y que llevo un tiempo trabajando en un libro de no-ficción sobre los penny dreadfuls (que con algo de suerte verá la luz a lo largo de 2019) para haceros una pequeña introducción sobre el formato, combatir algunas nociones equivocadas y proponeros algunas lecturas.

¿Empezamos?

¿Qué fueron los penny dreadfuls?

Penny dreadful es el término que se ha popularizado para describir un tipo de literatura serial a muy bajo precio que era consumida de forma masiva por la población británica durante el siglo XIX. Este formato era muy adecuado para llevar en el bolsillo y leer unas cuantas páginas en cualquier parte. El público objetivo consistía en varones jóvenes de clase trabajadora y la temática basculaba entre las aventuras históricas, las narraciones góticas y los relatos de asaltadores de caminos y piratas, siempre aderezada con buenas dosis de sangre, artificio, drama y violencia.

Por si alguno pensó que la industria editorial andaba algo mejor en aquellos tiempos, cuando los chiquillos se dedicaban a desatascar chimeneas, cazar ratas y recoger excrementos de perro para vendérselos a los curtidores de cuero en vez de andar todo el día con las narices metidas en sus smartphones o perdiendo el tiempo con el último video del Rubius, hay que aclarar que los escritores de penny dreadfuls trabajaban en unas condiciones extremadamente duras y que la picaresca (que no es un invento español, por más que nos guste lanzar piedras contra nuestro propio tejado) estaba a la orden del día.

Por ejemplo, cuando Thomas Frost, creador de libros sobre historia de la magia y cartista declarado (y por tanto buena gente), le preguntó a uno de sus editores por un manuscrito que le había enviado, este le contestó que no lo había recibido; y luego, por supuesto, procedió a publicarlo. En otra ocasión, otro editor simplemente le dijo a Frost que no pagaban por las contribuciones. La simple satisfacción de verse publicado y leído debía ser suficiente recompensa.

¿Os suena?

Oliver Twiss, Penny Dreadful

Ilustración de la primera página de Oliver Twiss (enero, 1838). Escaneada por Philip V. Allingham para The Victorian Web.

 

Ahora se habla mucho de  malas prácticas en el ecosistema Kindle de Amazon, pero en el mundo de los penny dreadfuls los plagios también estaban a la orden del día. Cuando en 1836 Charles Dickens (por aquel entonces un periodista desconocido) publicó Los papeles del Club Pickwick y se convirtió en un éxito, Edward Lloyd, uno de los editores de dreadfuls más famosos de la época se apresuró a pedir una obra similar a uno de sus escritores. Así nació The Sketch Book by ‘Bos’ y con él se abrió la veda de las copias descaradas de otras obras de Dickens, que iban surgiendo como setas a medida que el escritor las iba publicando. De ahí la explicación de que se publicaran engendros como Oliver Twiss.

En torno a la década de 1850, muchos dreadfuls pasaron a tener como protagonistas de sus historias a sus potenciales compradores. Así, aparecieron un gran número de seriales que trataban las aventuras y desventuras de muchachos de baja clase social. Aprendices, limpiadores de chimeneas y ayudantes de cocina vivían aventuras, robaban bancos, se hacían pasar por miembros de la alta sociedad para seducir doncellas y siempre lograban escapar en el último momento.

Mentes «bienpensantes» y censura moral

Aunque se ha exagerado mucho todo eso de la moral puritana victoriana, es cierto que las temáticas de los penny dreadfuls no casaban demasiado bien con ciertas mentes «bienpensantes». Por poner un ejemplo, esta es la traducción de una de muchas noticias del estilo que encontré en el Evening Express, fechada el 12 de enero de 1897 (la negrita es mía):

«Cuando daba la sentencia a dos muchachos condenados por haber robado 56 libras de tuberías de plomo […], el presidente del tribunal comentó que resultaba trágico encontrarse con chicos de la edad de los prisioneros —nueve años y poco más— acusados de robo. […] Los magistrados tienen que sentarse día tras día y juzgar casos en los que personas muy jóvenes han cometido crímenes. Cree que esto se debe a la lectura de historias de ‘a penique’, y a menos que los padres vigilen mejor a sus hijos, un buen número de ellos acabará convirtiéndose en criminales

Y aquí otra noticia, en este caso del Cardiff Times, de unos años más tarde (7 de noviembre de 1908):

«La extraña muerte de un chico por ahorcamiento fue investigada este lunes en Maidstone. Harry Wagon (16 años), un aprendiz de farmacia, fue encontrado en el sótano de su lugar de trabajo colgado de una tubería de plomo. Frente a él había una ilustración tomada de una novela de ‘a penique’ de una joven en prisión, encadenada a la pared y esposada de manos y pies. Se concluyó que el chico […] tenía la costumbre de atarse con cuerdas y luego intentaba liberarse. El forense determinó que se trataba de un caso notable. «No tengo una buena opinión de esa clase de historias» añadió. «Son basura repugnante y no deberían ser publicadas«.»

Pudo tratarse de una muerte accidental por asfixia auto-erótica o quizá el chico era uno de esos de «yo puedo volar como Superman». Sea como sea, en la noticia no podía faltar el juicio de valor sobre la obra literaria.

Cuando leo estas cosas no puedo evitar pensar en el infame Comics Code Authority o CCA que desde 1954 se dedicó a censurar sistemáticamente los cómics debido al pánico que se desató tras la publicación de La seducción de los inocentes, del no menos infame Fredric Wertham. O el Video Recordings Act (VRA), impulsado prácticamente en solitario por el tabloide Daily Mail, que volvió ilegal la distribución de todas las películas de video que el British Board of Film Classification no hubiera aprobado previamente, y que llevó al cierre de algunos videoclubs por ofrecer películas de contrabando. Como si Evil Dead fuera heroína.

No eran penny dreadfuls, no; pero los llamaron video nasties. Y el comentario paternalista, clasista y repugnante de uno de los censores del British Film Institute después de ver La Matanza de Texas recuerda mucho a los registrados en los periódicos casi un siglo antes: «No pasa nada si vosotros, que sois cineastas de clase media, veis esta película. ¿Pero qué ocurriría si la viera un trabajador de una fábrica de Manchester

En fin, igual otro día podemos hablar de censura y ‘moral’ en el género de terror. Aunque más que un artículo, la cosa daría para un libro entero.

¿Y qué hay del terror?

Si bien Drácula o el monstruo de Frankenstein no se originaron en las publicaciones de penny dreadfuls, el formato sí dio lugar a otras criaturas de pesadilla, incluyendo vampiros y hombres lobo. Uno de los ejemplos más famosos es Varney el vampiro (Varney the Vampire; or The Feast of Blood) de James Malcolm Rymer y Thomas Peckett Prest, una obra monstruosa que acumuló 667.000 palabras y que vio la luz sesenta años antes que Drácula. En español ha sido publicada por la editorial Pulpture.

Varney El Vampiro, Penny Dreadful

Ilustración interior de uno de los ejemplares de Varney el vampiro o «El festín de sangre» (1847)

Los fans de los licántropos pueden entretenerse con Wagner the Wehr-wolf, escrito por George W. M. Reynolds, que es considerado uno de los mejores novelistas del formato. Lamentablemente, todavía no cuenta con traducción en español.

Otro personaje emblemático de los penny dreadfuls fue Sweeney Todd, el barbero asesino de Fleet Street que tenía la costumbre de degollar a sus clientes para despojarlos de sus bienes. Aunque Todd contó con numerosísimas versiones, incluidas múltiples obras de teatro, la primera y la más canónica fue la que apareció bajo el nombre de El collar de perlas (The String of Pearls: A Romance). Podéis leerlo en la reciente edición de La Biblioteca de Carfax.

Existe mucho misterio en torno al origen de Sweeney Todd, pues se duda sobre si está basado en un personaje histórico o tan solo fue fruto de la imaginación de sus autores. Del que sin duda existen numerosos avistamientos atestiguados por la prensa es de Spring Heeled Jack, criatura que a veces era humana y otras veces demoníaca, una especie de precedente victoriano de Batman. Dio lugar a múltiples encarnaciones en los penny dreadfuls; la más famosa es Spring-heel’d Jack, The Terror of London (1867) en la versión de Colin Henry Hazlewood. De nuevo, y hasta donde sé, sin traducción en español.

La lista no estaría completa sin incluir una última obra, Los misterios de Londres, uno de los penny dreadfuls que contó con más éxito en la época, donde tienen cabida ladrones de cadáveres y «resurreccionistas»,  asesinos y todo tipo de hechos luctuosos. En este caso, y si no me equivoco, tampoco existe una traducción.

Y ya por concluir, aunque no sea un penny dreadful, si queréis leer un poco de literatura victoriana desasosegante y casi desconocida, podéis hincarle el diente a La nueva madre de Lucy Clifford, en edición física a cargo de Traspiés o en digital, con un par de relatos más y traducción y prólogo de un servidor. Y si os manejáis con el inglés, podéis animaros con mi serie de novelas juveniles influidas por los penny dreadfuls, que podéis adquirir por aquí.

Dime, ¿Habías oído hablar de los penny dreadfuls? ¿Alguna vez has leído alguno? Cuéntamelo en los comentarios.