Ya os aviso de que el artículo de hoy es algo diferente; ni técnicas, ni consejos, ni listas, ni libros, ni escribe esto, ni quita de aquí está coma y pon este punto allá. Hoy no hay reseña que valga, ni entrevista con escritores. Hoy no hablo de publicación tradicional, de editoriales, ni de editores.

Puede que lo que leáis hoy aquí sean un montón de gilipolleces. A lo mejor lo que os voy a contar esta mañana sobre los procesos creativos solo valga para los más novatos, puede que sean cosas tan simples que no valga la pena contarlas (es muy posible), o puede que cada proceso sea tan distinto que estas cosas solo me ocurran a mí (lo dudo mucho).

Sea como sea tengo que decirlo, hoy necesito hablar sin esquemas, lectores, autores ni clases magistrales. Hoy quiero ser yo el que hable y quiero decir que hay momentos en los que el proceso creativo me resulta frustrante, a veces, es como el misterio de la concepción, no logro saber muy bien qué está pasando y, al final, hay días como hoy en los que necesito contar ciertas cosas.

Cuando me decidí a escribir, hace ya un tiempo, nadie me contó que tendría que pasar horas y horas estudiando. Yo pensaba que iba a llegar, darle a la tecla y escribir una historia maravillosa que gustaría, vendería y sería recordada durante mucho tiempo. Stephen King no ha dejado de escribir grandes novelas, historias que son conocidas, que se venden mucho y que han sido llevadas al cine y la televisión, pero todavía hoy recuerda que tardó 10 años en vender Carrie.

¿Por qué? Porque tuvo que atravesar un largo camino de aprendizaje, tuvo que andar por el mismo sendero lleno de zarzas y espinas que todos recorremos; Stephen King, como cualquier hijo de vecino tuvo que trabajar mucho para llegar a escribir algo decente. Yo pensaba que iba a llegar y besar el santo, pero aquí estoy, andando día a día, clavándome esas espinas y aprendiendo de cada una a no pisar terrenos peligrosos. Aprendiendo a la malas que si quieres atravesar el bosque lo mejor es llevar zapato cerrado, porque en chanclas te clavas todos los pinchos.

No te hablan casi nunca del miedo. No te dicen que te pasas la mayor parte del tiempo con los cojones reducidos al tamaño de una nuez, notando esa intensa sensación de frío en el vientre, que te advierte de que eso tan bueno que has escrito, quizá sea una mierda.

No te advierten de esa vocecilla que no deja de susurrarte que hagas lo que hagas no vales para esto. En los manuales no te dicen como bregar contra esos susurros que te comparan con los otros, nadie te prepara para afrontar la ansiedad constante, el terror a ser leído, el miedo a que te juzguen y te consideren culpable.

Tampoco me contaron que tendría que leer mucho para escribir en condiciones. Ningún biopic o película sobre escritores retrata todas las horas que pasamos leyendo, sentados en el sofá (o en la taza del vater) con un libro en la mano, leyendo, empapándonos con lo que han escrito los demás. Nunca imaginé que acabaría leyendo a Balzac (al que sólo conocía por una canción de Blur).

lo que no me enseñaron sobre escribir-

Cuando empecé a escribir no pensé que me iba a pasar tantas horas investigando. No me contaron que para escribir tienes que informarte, absorber toda la información posible, desde libros de arte renacentista hasta Youtube. Cómo iba a imaginar que sería necesario investigar a fondo para escribir una historia creíble. Jamás se me ocurrió que no me servía simplemente con lo que sabía de la vida, que no era suficiente lo que aprendí en la universidad o en mi día a día.

No me contaron que para pasaría largas temporadas sin poder escribir. Se olvidaron de explicarme que durante el proceso creativo tendría que abandonar el lápiz y no volver a tocarlo durante dos o tres semanas. En ninguna clase de escritura me enseñaron a enfrentarme al miedo y la ansiedad que eso me provoca. Escribo cada día, lo llevo haciendo desde hace mucho tiempo, es mi trabajo y me asusta no ser capaz de enfrentarme a la hoja en blanco, dejar de escribir no entraba en mis planes de producir material a un ritmo constante; no me prepararon para una eventual sequía.

Estas salidas de pista me asustaron las primeras tres o cuatro veces, sentía una tremenda ansiedad, me replanteé mi vida, lo que estaba haciendo. Lo hice cada vez, sin falta, hasta que entendí que esos paréntesis formaban parte de mi proceso creativo. A veces, tenía que parar y hacer una limpieza a fondo, cuando nuestra casa está limpia es el momento de comenzar algo nuevo.

Tampoco se les ocurrió avisarme de que algunas veces me pondría sentimental. No me dijeron que cuando eso sucediera correría al teclado para dejar constancia, para convertir lo que debería ser una entrada de un diario personal en un artículo para que los demás aprendan y sepan cómo me siento. No me dijeron que me traicionaría una y otra vez, abriéndome y exponiendo partes de mí que siempre he querido mantener escondidas.

Se negaron a contarme que lo más importante en mi vida (escribir) no iba a interesar a nadie de los que me rodean. De los 10 familiares con los que me suelo comunicar casi a diario, solo uno o dos han leído lo que escribo. Solo un par de ellos se han interesado por lo que paga mis facturas, solo dos se han sumergido en lo que me hace ser lo que soy. Y ninguno de ellos vive bajo mi techo. Los escritores que he conocido durante este tiempo, los editores y los lectores de este espacio son los apoyos que, muchas veces, han conseguido que siga escribiendo. Ellos, a pesar de la distancia, han desbancado a mi familia.

lo que no me enseñaron sobre escribir-

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No me contaron lo mucho que iba a disfrutar durante mis sesiones de escritura. No me prepararon para la sensación de felicidad que siento cuando escribo una historia, vaya bien o mal. No me dijeron lo satisfactorio que resulta poner una palabra delante de otra y construir un mundo particular, propio, nacido de ti. Cuando comienzo a escribir, cuando las palabras fluyen mi vida tiene sentido.

Tampoco me contaron que algunas veces odiaría el proceso de creación, que me atascaría y sudaría sangre para terminar un dichoso borrador, pero que disfrutaría como un niño editando y corrigiéndolo.

Los borradores me suelen resultar sencillos y no tardo más de treinta días en terminar uno. Las ediciones y correcciones son dolorosas, es un proceso lento y jodido, como recuperarse de una paliza. Pero a veces, las tornas se cambian y el mundo se da la vuelta, entonces ahí estoy, disfrutando de cada tijeretazo.

Soy el que come galletas para aliviar la sed.

Tampoco me contaron que las historias pueden morir. No se les ocurrió avisarme de que no son inmortales. Como nosotros pueden morir por causas muy diversas. A veces resulta que las estiramos demasiado y lo que pensamos que es una novela es, en realidad, un relato. Puede que perdamos el hilo durante la narración. Algunas veces, nos surgen otras cosas que nos apartan y la historia se marchita y decae, como el ficus que te olvidaste de regar.

He tenido que soportar la muerte de varias historias en los últimos tiempos y SIEMPRE es una experiencia dolorosa y complicada. Desde que escribo sólo he sido capaz de resucitar una historia de forma adecuada, por mucho que te quieran contar por ahí la nigromancia no existe, si algo está muerto, muerto está.

Éstas son las cosas que no me contaron, ¿qué cosas no te contaron sobre escribir?