Los escritores y los lectores nos hemos vuelto vagos y nos hemos acomodado.

No estoy seguro de qué fue primero, el lector vago o el escritor vago. Pero por desgracia, es algo que se retroalimenta.

Empecemos a hablar de los lectores vagos. Para mí, los lectores vagos son aquellos que dan por sentadas demasiadas cosas, son inflexibles una vez que han tenido su primera impresión, y no se molestan en preguntarse por qué hay incongruencias en la historia.

Dan por sentadas demasiadas cosas: Las intenciones del autor y de los personajes, sobre todo. Pero lo más importante es que dan por sentado que cualquier cosa que se salga un poco de lo normal es automáticamente un error. Dan por sentado, por ejemplo, que el autor no se ha documentado bien, que cierto personaje será perfecto, o que la historia va a acabar bien. Sin embargo, lo más grave es que muchos dan por hecho que no habrá profundidad. Que la historia no estará llena de matices pequeños e invisibles a los ojos de los que no miren a conciencia. Los lectores saltan demasiado rápido a unas conclusiones sin fundamento, cuando la novela todavía está empezando, en vez de almacenar esa información y reunir un poco más antes siquiera de formular hipótesis.

Lectores y escritores vagos, Guillermo Jiménez

Claro ejemplo de lector vago

Son inflexibles tras su primera impresión: En vez de mantener una actitud crítica y receptiva ante la información que reciben (que debería cambiar sus esquemas cuando la nueva información añade capas a la historia o al personaje), se mantienen en sus trece con su primera impresión. No tardan nada en ponerle la cruz a un personaje sin pararse a pensar que quizás hay motivos, hay una profundidad detrás que lo convierte en algo más que un arquetipo o estereotipo. Sin pararse a pensar que quizás la primera impresión está para despistar, que el escritor quiere dar una imagen completamente distinta de lo que el personaje es en realidad. Si no me equivoco, esto es lo que pasa en El gran Gatsby.

No se molestan en preguntarse por qué hay incongruencias. Y esto me molesta mucho. Porque dan por sentado que, cuando hay algo que no cuadra, es porque hay un fallo. «Este personaje dijo que haría esto y en verdad hizo lo otro, menudo fallo». Ehm… ¿No te has parado a pensar que quizás no sea un fallo? ¿Qué el personaje está mintiendo, por ejemplo? «Lo que nos han contado de la magia no tiene sentido por el fenómeno X que acabamos de presenciar». ¿Quizás porque, a lo mejor, lo que creías cierto no era tan cierto? ¿Quizás la magia funciona de forma diferente a la que creen los personajes?

Deberíamos empezar a preguntarnos por qué, como lectores, ante las incongruencias. Imagina que todo lo que hay escrito en ese libro que estás leyendo está meticulosamente calculado. Que nada es fruto del azar y que todo tiene un porqué. Incluso hasta las cosas que parecen no tener sentido. Pero mantener una actitud escéptica es difícil y costoso, por supuesto.

Además, ¿para qué hacerlo? Apenas hay libros en los que merezca la pena mantener esta actitud. Apenas hay libros tan bien planeados y pensados. Que den más de lo que esperas.

Lectores y escritores vagos, Guillermo Jiménez, escritor

Yo soy muy de leer en la bañera.

Y aquí nos metemos con los escritores vagos. Porque muchos escritores son conscientes de estas formas de leer de los lectores, o si no lo son, las benefician indirectamente. Los llamo vagos, porque una de las razones por las que los lectores piensan estas cosas es porque muchos escritores no se esfuerzan. No se esfuerzan en entregar una obra bien corregida y planificada, en la que haya una profundidad intencionada y cada cosa tenga su porqué.

Muchos escritores no se esfuerzan en desafiar al lector. Les ofrecen seguridad. Les permiten confiar en lo que cuenta. Esto hace que el lector se acomode. Y como hay tantos libros que permiten lectores acomodados, muchos lectores no son capaces de ponerse en marcha cuando el escritor es un hijo de puta sádico que quiere jugar con sus mentes. Como Brent Weeks, el cual está acechando en un rincón esperando a darte una puñalada por la espalda mientras deja pistas de tramas que no aclarará. Él exige más a los lectores. Él no te va a explicar con pelos y señales todas las cosas, hay algunas que tendrás que averiguar tú solo.

Muchos escritores son vagos porque no incluyen una profundidad oculta que escarbar. Dejan todo atado y bien atado, explicado como si el lector fuese tonto, y uno se acaba acostumbrando a eso. Le ofrecen una muleta cuando eso lo que hace es que tarde más en aprender a andar. Sabemos que los lectores son vagos, y nos acomodamos a ello. Les damos libros en los que las cosas son lo que parecen. En los que no hay que pensar demasiado. En los que los personajes son sencillos de comprender, tanto que no llegan ni a calcos de una persona real.

Hay un problema muy grave entre escritores vagos y lectores vagos, a mi parecer: Dan más importancia a lo que se dice de un personaje que a lo que hace ese personaje. Forman esa primera idea, esa primera impresión. Ignoran algunos aspectos mientras que solo le dan importancia a algunos otros.

Un gran ejemplo de este trato en los lectores es el Sherlock Holmes de Sir Arthur Conan Doyle. Algunas personas piensan que es un personaje perfecto, algunos llegan a llamarlo Gary Stu. Piensan, de verdad, que no tiene trabas en ningún sentido. Por alguna razón, no se dan cuenta de que Sherlock es un inepto social adicto a las drogas que resuelve crímenes solo porque son un desafío a su intelecto.

Lectores y escritores vagos, Guillermo Jiménez, escritor

Ahí lo tienes, el poder de los libros

Otro buen ejemplo de esto en los escritores sería la protagonista de Trono de Cristal, de Sarah J. Maas. Describe a su protagonista como una asesina profesional durante toda la novela, cuando, a la hora de la verdad, la protagonista no hace nada que dé esa impresión. No se comporta como una asesina que lleva años encerrada en una cárcel de máxima seguridad. No actúa como una asesina experimentada. La autora no se ha molestado en que la imagen de la protagonista que quiere dar y la que da realmente sea la misma. Que sus palabras y sus actos sean congruentes.

Y es que eso es lo que más me duele de los escritores vagos. Me quejo de que los lectores suponen que toda incongruencia es un fallo, pero cuando lees una obra completa y realmente esa incongruencia no tiene un sentido detrás, duele. Duele porque es un error, y es un error que se repite demasiado a menudo. Entiendo que los lectores presupongan que es un fallo, ya que en demasiadas obras actuales lo son. Están acostumbrados a eso.

En conclusión:

Los escritores tenemos que exigir más a los lectores, y exigirnos más a nosotros mismos. Tenemos que tener un porqué detrás de cada cosa que escribimos. Tenemos que comernos mucho la cabeza con todo lo que ponemos en el papel. Y los lectores tenemos que exigir más a los escritores, ser más escépticos y no quedarnos con una única hipótesis. Hasta que no hayamos cerrado el libro y tengamos toda la información, no debemos llegar a las conclusiones. Y sobre todo, no debemos fiarnos de los autores, ni acomodarnos.

Hay que ejercitar los músculos lectores y escritores que llevan demasiado tiempo atrofiado.


 

Guillermo Jiménez es escritor de literatura fantástica y autor del blog Lecturonauta, en el que habla sobre técnicas de escritura. Se trata de un blog muy interesante con un punto de vista único, en el que se abordan las técnicas desde una perspectiva particular, Guillermo es estudiante de psicología y no duda en aportar sus conocimientos en este campo a cada uno de sus artículos. Aunque todavía no puede ofrecernos ninguna novela completa, podemos disfrutar de su cuento El Corazón del Alquimista en su blog.