Pues aquí estamos, una semana más hablando sobre literatura de terror. La semana pasada dimos un pequeño repaso a la historia de la literatura de terror; quedaron muchas cosas en el tintero, pero creo que dimos un paseo bastante extenso y completo a lo más básico —y a lo no tan básico también—. Para mí la literatura de terror es la base de toda la literatura, ya lo expliqué la semana pasada: las primeras historias que contamos los humanos eran historias de terror. Y es que, me juego los dedos chicos de la mano, a que las primeras historias que se contaron entre ellos nuestros antepasados, sentados alrededor del recién descubierto fuego, iban sobre cosas gigantes que devoraban personas y de monstruos que vivían en el fondo de las cavernas y las cuevas que les servían de refugio.

Una de las cosas que más veces me pregunto —y que más veces nos preguntamos todos los escritores de terror— es: ¿Qué es la literatura de terror? ¿Serías capaz de encontrar la diferencia entre terror, fantasía oscura, thriller, ficción especulativa y ciencia ficción oscura? Seguramente puedas dar un par de definiciones de manual, esas típicas frasecitas de libro que te aprendes de memoria, pero la verdad es que no existe —o al menos yo no soy capaz de encontrar— una definición de la literatura de terror que me guste de verdad, con la que me sienta identificado. El terror suele tener un montón de piernas, brazos y tentáculos, que se mezclan con el resto de géneros, que se solapan y que hacen que resulte muy complicado ofrecer una definición más o menos exacta.

Como no encuentro una definición que me guste, os voy a colar la del diccionario de la RAE —ahí, con dos cojones—, que define el terror así:

Terror

Del latín terror, –oris

  1. m. Miedo muy intenso
  2. m. Persona o cosa que produce terror.
  3. m. por antonom. Método expeditivo de represión revolucionaria o contrarrevolucionaria.
  4. m. Época, durante la Revolución Frances, en la que prevalecía el terror.

De terror

  1. loc. adj. Dicho de una obra cinematográfica o literaria y del género al que pertenecen: Que buscan causar miedo o angustia en el espectador o en el lector.

Obviamente no todas estas definiciones nos sirven para la literatura, por ejemplo, la segunda definición vendría a ser: Mira, por ahí viene Johnny, el terror de las nenas, y a menos que vayas a inspirar tu obra en un barrio obrero de los años 70 —ojo, que a mí el Torete, el Pera y el Vaquilla me parece de lo mejor que ha parido este país—, lo suyo es que pasemos a las siguientes definiciones.

Hay un par de definiciones que sí me gustan, para empezar la primera: «Miedo muy intenso». Creo que es una gran definición, en fin, tenemos muchos miedos: que se nos caiga el pelo, que nuestro vecino se pase siete meses obras, que tu equipo pierda la Champions en el último penalti de la ronda, que la factura del teléfono supere los 200 euros, que una paloma te cague en la cabeza en tu primera cita… Esas cosas nos dan miedo, pero ninguna nos paraliza o nos mata de miedo per se —según el tamaño de la paloma puede que tengas una contractura, pero dudo que te rompa el cuello—. Ninguna de estas cosas da para un libro o una película.

Pero, ¿qué hay de esas cosas que te producen un miedo muy intenso? ¿Podrías escribir una historia sobre una persona atacada por arañas? Claro que sí, claro que puedes, porque las arañas son uno de esos terrores intensos, que te paralizan, que hacen que las pelotas se te encojan y que las palmas de las manos empiecen a sudar. A partir de aquí las opciones son casi infinitas: psicópatas homicidas, demonios, fantasmas, vampiros y cualquier combinación imaginable.

El terror y la sub-literatura

¿Por qué no terminamos de entender el terror? Ocurre algo muy curioso en la cultura española —no puedo hablar por la latino americana, pues no sé cómo funciona el sistema educativo allá—, pero en España, lectores y editoriales, no terminan de entender el terror o directamente lo desprecian, lo consideran sub-literatura. En Estados Unidos, sin embargo, las historias de terror tienen un lugar en el sistema educativo y entre las «lecturas obligatorias» de los colegios e institutos —que aquí se basan en El Lazarillo, La Celestina y los Entremeses de Cervantes—, figuran algunos grandes nombres de la literatura de terror como Poe, Lovecraft, Wilde o Stoker. Lo que facilita que exista una mayor cultura del terror.

Un ejemplo de este mayor entendimiento está en la figura de Stephen King. En los 70, de la noche a la mañana, un escritor desconocido, se disparó a sí mismo al estrellato con un libro llamado Carrie, rápidamente el libro se convirtió en una película de mucho éxito. King se convirtió en una marca reconocida, una industria que producía millones de dólares al año. King creó una fórmula, un cánon de terror que iban a seguir todos los escritores que lo precedieron.

No hay nada parecido en español, ni existe ese «escritor estrella», ni existe esa marca personal. Tampoco hay un entendimiento o un público tan amplio para este tipo de literatura.

Ojo, esto tampoco es que sea especialmente bueno, hace unas semanas hablaba sobre lo difícil que parece innovar en el terror y gran parte de ese terror homogéneo que nos hacen tragar las editoriales y las productoras, es debido a esa fórmula que convirtió a King en una estrella. Todos los escritores que surgieron a su sombra se vieron obligados a repetir sus pasos si querían que una editorial los publicase, en otros casos fue por comodidad, ¿para qué innovar si puedo hacerlo mismo y sacar mi libro? En esa época el terror empezó a perder su identidad, comenzó a diluirse.

Lo que produce terror

Vamos a regresar a la definición de terror de la RAE, ¿vale? Es la definición de «De terror» la que realmente nos interesa en este momento. ¿Qué produce miedo o angustia en nuestro lector? ¿El terror tiene que ser sobrenatural para producir esos efectos? Algunos opinan que sí, que para ser efectivo el terror tiene que provenir de algún efecto sobrenatural. Yo no comparto esta visión, pues para mí el terror está en cualquier cosa, en cualquier aspecto de nuestra vida; un detalle fuera de lugar, un acto cotidiano distorsionado… Una persona retorcida.

Sí es verdad que para mí, una de las escenas más terroríficas del cine de terror, la encuentro en la genial —y muy poco reconocida— Fallen, cuando Denzel Washington es asediado por un montón de gente cantando Time is on my side, de los Rollings Stones, que es la canción favorita de ese espíritu asesino que protagoniza la película. Creo que ese es uno de los momentos más angustiosos que he visto, quizá, porque para mí sería horrible enfrentarme a ese tipo de burlas o pensar que estoy loco.

Hace tiempo yo también opinaba que el terror necesitaba siempre de un elemento sobrenatural para ser «funcional», sin embargo, conforme he ido abandonando esa especie de postura snob, sobre el género, he descubierto que algunos de los mejores libros de terror de la historia, no tienen ninguno de esos elementos. Supongo que en parte tenía una visión muy limitada del género de terror, basada en Stephen King, Lovecraft y Poe, en cuanto comencé a leer y a interesarme de verdad por el género descubrí que un mundo terrorífico sin monstruos… O con el peor de los monstruos: el ser humano.

Por poner algunos ejemplos: Psicosis, Dragón Rojo y La Carretera.

Os pongo ahora otro ejemplo, esta vez, de nuevo voy a recurrir al cine. Imagina la película Aliens, la teniente Ripley es perseguida por unas entidades extraterrestres, son unos seres que han nacido para cazar, algo así como el organismo perfecto. Bien, aunque la raza alienígena no es un elemento sobrenatural —no sabemos qué puede haber ahí fuera— la base del horror de Aliens, es la ansiedad de Ripley, la persecución y el estrés mental al que se ve sometida la teniente. El efecto hubiera sido el mismo si los xenomorfos hubieran sido fruto de su imaginación, trastocada y deformada por la congelación, o por lo hechos trumáticos de la primera parte.

Muchas veces los escritores de terror —sobre todo los primerizos— caemos en el error de pensar que no hay terror sin elementos sobrenaturales. Os voy a poner otro ejemplo; mi pareja es capaz de ver cualquier película de terror sin inmutarse, puede ver El Exorcista o El Ente, sin pestañear, sin embargo, para ella fue terrible leer Misery o ver Los Otros, ¿por qué? Porque se sintió amenazada, porque ella no cree en lo sobrenatural y le cuesta mucho suspender la incredulidad, sin embargo, sabe que es posible que un grupo de tarados, te secuestren y te torturen, lo hemos visto en las noticias, lo hemos leído en los periódicos…

La literatura de terror, aunque es cierto que se nutre básicamente de fenómenos paranormales, tiene que ir mucho más allá. Hoy en día estamos rodeados de miedos nuevos, miedos que no existían hace diez años: tecnologías desconocidas, amenazas climáticas, extinción de especies, terrorismo, crisis económicas, pandemias… Si te sumerges en el terror, si vas más allá de King y Lovecraft, encontrarás reflejos de esos nuevos miedos en los libros, Barker encierra una obsesión por la sangre, que oculta el terror que los homosexuales vivieron en los 80 y 90 con la explosión del sida y la terrible marginación a la que se vieron sometidos por parte de una sociedad elitista y conservadora.

Esto tampoco es un fenómeno moderno, siempre han existido historias de terror sin elementos sobrenaturales, El Doctor Jeckyll y Mr. Hyde o Frankenstein, carecen de esos elementos sobrenaturales, sin embargo, son dos de los más grandes libros de la literatura de terror.

Para escribir terror conviene entender que más que un género, el terror es una sensación. El miedo evoluciona con la edad, cuando eres pequeño te asusta todo —o casi todo—, esas formas que la persiana dibuja en tu pared y que parecen un monstruo, esas sombras del pasillo que no te dejan ver nada, lo se pueda esconder debajo de tu cama… Todo nos asusta. Pero cuando crecemos, nuestros miedos evolucionan con nosotros, se vuelven más sofisticados y mucho más personales. El terror está ligado muy íntimamente a la condición humana, nos dice que, en realidad, no sabemos nada.

Hace poco terminé un cuento en el que, simplemente, una pareja presencia un suicidio. No hay un fantasma que repite su muerte en bucle, no hay un hombre oscuro que empuja a una mujer desde la azotea, es solo una mujer, normal y corriente, incluso simpática, que pasa por delante de la pareja protagonista, les hace un par de fotografías y acto seguido se lanza por el puente, ¿se trata de un relato de miedo? La respuesta es sí, porque provoca una reacción en el lector, te obliga a sentir algo. Y eso es de lo que se trata.

Si estás escribiendo una historia y no sabes si es de terror o no, piensa en qué quieres que sienta tu lector; ¿quieres aterrorizarlo? ¿quieres que pase miedo? ¿Que pase un mal rato? ¿Que se sienta incómodo con lo que está leyendo? Si es así, entonces lo estás haciendo bien, aunque no exista ningún elemento sobrenatural o extraño en tu relato.