Cuando dices a la gente que eres escritor de terror, sucede algo muy interesante, te miran como si fueras un asesino en serie. Los más impertinentes directamente te preguntan si eres «una especie de psicópata». Aunque no creo serlo, cuando me hacen esa pregunta me entran ganas de asesinarlos de las formas más divertidas y crueles.

Lo bueno es que, como escritor, no tengo la necesidad de mancharme las manos de sangre. Los idiotas con los que me cruzo a diario —que nos son pocos— acaban muriendo en alguna página.

Pero estoy seguro de que todos, en algún momento, os habréis cruzado con alguien así. Ese tipo que se cree la hostia de gracioso y que dice que los escritores están todos locos. Que somos unos psicópatas.

Los escritores somos diferentes, eso no lo voy a negar. Nosotros nos fijamos en las cosas, las digerimos y las convertimos en personajes e historias. Tenemos ese súper poder. Y seguramente será fruto de algún golpe en la cabeza o trauma de la infancia, pero ese no es el punto.

Somos diferentes. La gente normal —que bonito sinónimo de aburrido, ¿verdad?— no nos comprende. Y, sin llegar a ser psicópatas con dos caras, nosotros mismos pocas veces lo hacemos.

El descenso a la locura

A mí me encanta ser escritor. Incluso cuando, como ahora, llevo un buen tiempo sin escribir nada nuevo. Escritor es una palabra como ninguna y es muy divertido ver cómo los demás se sienten entre fascinados y aterrorizados cuando la escuchan.

Ser escritor, piensan. Esos es fácil. Yo también podría hacerlo. Sé escribir, me enseñaron en el colegio y, aunque terminé la EGB con más faltas que un central de los 80, tengo un teclado y puedo hacerlo.

Pero en el fondo, en esa parte interior que solo dice la verdad y nada más que la verdad, saben que no es tan fácil. Saben que escribir es duro. Que la escritura, la buena escritura, yace en un lugar oscuro, lleno de peligros. Un abismo en el que se esconden terrores hambrientos.

¿Hay que estar un poco loco para descender a esas profundidades por voluntad propia? Pues podría ser. Quizá no somos más importantes que uno de esos personajes vehiculares de Lovecraft, destinados a morir o enloquecer sin remedio.

Sin embargo, yo creo que hay voluntad en ese descenso. No nos lanza la mano del destino, somos nosotros los que nos comprometemos a descender, escalón a escalón, hasta las fauces abiertas de ese abismo rugiente. Y puede que sea la peor forma de locura, ¿verdad? La de sacrificarse voluntariamente.

Abismo del escritor
El escritor debe comprometerse con el abismo. Tienes que lanzarte  y dejar que te abrace.

El compromiso con la locura

Ya sé que llevo un par de meses dando la tabarra con que no escribo. Y a ver… Tampoco es verdad del todo, sí escribo. Algún relato, reviso un par de notas de una novela, abro una de las tantas novelas que tengo empezadas y escribo unas líneas o retoco alguna escena… Escribir, escribo… Pero eso no es ser escritor.

Y me he dado cuenta de algo que, a mi parecer, es muy importante para escribir. Necesitas un compromiso. Necesitas comprometerte con tu escritura. Esta idea me vino de repente, como un psicópata que se abalanza sobre ti desde el armario.

Me di cuenta de que mis mayores éxitos —con éxitos me refiero a terminar un libro— siempre me llegaron cuando me comprometí con lo que estaba escribiendo.

Cuando escribí el primer borrador de Blackwood: Piel y Huesos, quería demostrarme que era capaz de escribir una novela. Y lo hice. Me senté y escribí un borrador de 50.000 palabras en poco más de dos semanas.

Y lo mismo sucedió con La Carne y la Sangre. Me comprometí porque mi editorial necesitaba que escribiera una novela corta. Me senté y escribí un borrador de 20.000 en poco más de una semana.

Cuando no me comprometo, no lo consigo. Cuando no me comprometo con la locura, recupero la cordura y las palabras no me llegan. No llegan porque no me apetece acercarme al abismo y, por tanto, el abismo no me susurra.

No te puedo dar muchos consejos sobre escribir, pero sí te puedo decir una cosa: comprométete. Y no me refiero a que tengas una libretita mona con tu objetivo de palabras y frases para motivarte.

Comprométete de verdad. Haz un pacto contigo, con el vecino, con tu pareja o con el diablo. Pero dale cada semana un capítulo, una hoja o un par de párrafos.

El escritor psicópata

Para una persona normal, encontrarse con un escritor, puede ser como hallarse cara a cara con un psicópata. Pero vamos a ser sinceros, la mayoría de nosotros somos raritos.

Los escritores solemos marchar a un paso diferente al resto.

Cuando una personal normal mira el historial de nuestros navegadores se asusta. Y es que, por norma general, hay poca diferencia entre el historial de navegación de un escritor y el de un psicópata.

Yo me pasé una tarde entera buscando formas de envenenar a una persona. Busqué todo tipo de venenos durante y horas.

Este no, no sería lo suficientemente rápido.

Este deja rastros.

No quiero que le exploten los ojos.

La gente normal no hace estas cosas. Es por eso que tenemos que concienciarles de que no somos psicópatas. Así que, antes de que tu pareja/padres/hermanos/hijos te denuncien pásales esta lista para que entiendan la diferencia entre un psicópata y un escritor.

¿Psicópata o escritor?

1. Los escritores necesitan soledad

Redes sociales, blogs, presentaciones… Todas estas cosas son como la kriptonita para un escritor.

Para recargarnos y poder hacer lo que nos gusta, necesitamos retirarnos a nuestra Fortaleza de la Soledad. Simplemente, déjanos estar tranquilos.

A los escritores se les puede ver en sótanos, rincones oscuros de bibliotecas y parapetados tras sus escritorios, rodeados de trampas y maldiciones. Déjalos en paz.

2. Los escritores suelen tener trabajos «normales»

Muchos escritores se esconden tras trabajos aparentemente normales. Algunos son profesores, ingenieros, pastores…

Los escritores, sabemos hacernos pasar por gente normal. Somos agradables, simpáticos Y SALUDAMOS SIEMPRE. Es por eso que la gente nos teme tanto, porque podemos camuflarnos.

A lo mejor tienes uno sentado junto a ti en el metro ahora mismo. O peor, puede que estés casado con uno.

3. Los escritores sabemos cómo ocultar un crimen

Los escritores a veces planemos asesinatos para nuestras historias. Estamos acostumbrados a investigar la vida y milagros de algunos asesinos en serie famosos.

Sabemos cómo trabaja la policía. Sabemos que los cuerpos de policía no suelen comunicarse bien entre ellos. Hemos investigado y tenemos claro que se puede salir indemne de un asesinato. Hitchcock nos enseñó que se puede distraer a la policía con mcguffins y Agatha Christie nos regaló los Red Herrings.

Hitchcock en la silla de Bates, durante el rodaje de Psicosis.
¿Has leído mi libro de conversaciones con Truffaut? ¿Y te consideras escritor? No eres más que un chalao.

¿Quieres jugártela con un escritor?

Si no quieres quieres sufrir la ira homicida de uno de nosotros, apóyanos. Compra nuestros libros. Ven a vernos a las presentaciones —aunque no nos guste que estés ahí, en el fondo lo agradecemos—.

Es solo un consejo, claro. Tú puedes hacer lo que quieras…

4. Los escritores hablamos de canibalismo y descuartizamientos

Los escritores, entre nosotros, hablamos de canibalismo, desmembramientos y ataques con arma blanca. Y no pasa nada.

Yo tengo una conversación de Whatsapp, con una mujer dulce y risueña, que dice así: 

«El matarratas no mata instantáneamente. Es un anticoagulante y va pasando a sangre poco a poco y el paciente no muere como tú cuentas (que parece una intoxicación por arsénico) sino desangrado. La sangre no le coagula y vomita sangre, llora sangre, mea sangre».

Y es una tía de lo más cuqui, en serio.

El problema viene cuando hablas de estas cosas en la cena de Nochebuena.

Un escritor lo ha investigado todo. No vemos un frigorífico o un maletero de coche, como lo ve la gente normal. No medimos su capacidad en litros, sino en cadáveres —o en partes—.

5. Los escritores oyen voces en sus cabezas

Y muchas veces hablamos con ellas.

Estamos conduciendo o trabajando y llega la Voz. Entonces nos dice que tenemos que matar a este personaje y dejar vivo al otro. Y ese personaje toma la forma del idiota que no vino a la presentación o del que te dejó un comentario insultándote el otro día.

Entonces, como estabas tan concentrado hablando con tu Voz y haciendo planes sobre cómo ibas a sacrificar en el bosque a ese gilipollas que se saltó un stop ayer, te das cuenta de que te has pasado tu salida y tienes que dar la vuelta.

6. Los escritores escogen sus víctimas con mucho cuidado

Generalmente somos muy selectivos con nuestras víctimas. Solemos escoger a los que nos jodían en el instituto, pero también a ese maleducado que te cerró la puerta en los morros el otro día.

Cualquiera que se cruce en nuestras vidas tiene papeletas para convertirse en una víctima. Como diría el Manco de Twin Peaks: «el mundo es nuestra tienda, solo tenemos que escoger lo que queremos llevarnos».

El Manco de Twin Peaks en la Logia Negra.
No lo digas, no lo digas… 
—Oye, ¿sabes que yo también estoy escribiendo?
—¡Nooooo!

7. Los escritores somos metódicos

Bueno, también los hay que empiezan sus libros con la humanidad exterminada o prácticamente exterminada.

Pero a la mayoría nos gusta planificar metódicamente los trabajos. El método de George R. R. Martin está muy bien, pero a mí me gusta escoger con delicadeza a mis víctimas.

Uno de mis placeres culpables es coger siempre a ese personaje que gusta a todo el mundo.

8. Los escritores disfrutamos de los trofeos

Igual que contamos las palabras, contamos los cadáveres o, ¿qué te creías?

Entonces llega el momento de la revisión. Y te detienes en cada escena, en cada asesinato. Pasas tiempo disfrutando de los trofeos que has robado a tus víctimas. Y, si puedes, alargas un poco más su agonía, un par de frases truculentas más, una pizca más de dolor…

9. Los escritores somos narcisistas

¿Y cómo no íbamos a serlo?

Tienes que serlo para comprometerte a escribir cientos de miles de palabras que lanzaras al mundo. Tienes que estar bien seguro de que al mundo le encantará lo que escribes. Y que pagarán por leerte.

Muchos psicópatas tienen complejo de Dios. Creen que son los mejores y que son tan buenos que pueden decidir sobre la vida de las personas.

Los escritores también.

10. Los escritores observamos cómo viven las personas

Los psicópatas observan a las personas. No sienten. Oyen la música pero no entienden el compás, sin embargo, han aprendido a bailar, imitando a los que sí lo entienden.

Los escritores observamos a la gente que nos rodea. Imitamos sus movimientos, sus manías y sus acentos. Utilizamos sus coletillas y les robamos sus mejores anécdotas.

No deberías enfadarte si te ves en un libro. Los escritores solo observamos a quien nos parece interesante.

11. Los escritores somos sádicos

La buena ficción nace del drama. El drama implica dolor; físico o emocional, no importa.

Los escritores destilamos ese dolor hasta que cristaliza. Cuando cristaliza lo observamos, nos empapamos de sus matices. Cuando atrapamos a nuestra víctima la cocemos a fuego lento, para extraer los jugos del dolor. Lo hacemos suplicar, replantearse su propia existencia.

Torturamos a nuestras víctimas hasta que el último brillo de esperanza en sus ojos se extingue.

Y entonces les lanzamos un salvavidas. No somos unos desalmados.

Tranqui.

12. Los escritores somos adictos compulsivos

¿Drogas y alcohol? Seguramente. Pero tenemos muchas otras adicciones: acumular libros, marcapáginas, merchandising con frases de escritores, libretas y cuadernos…

Buenos o malos, somos escritores

No sé si os estaréis riendo, maldiciendo o llamando a la Guardia Civil. Si entra un montón de gente con chalecos antibalas y armas pesadas en mi casa y me detienen… Pues bueno, tendré que tomar notas, no hay nada como vivir la situación en primera persona.

¿Qué me dices? ¿Alguna vez te han mirado en un restaurante o un bar porque estabas hablando sobre algún asesinato? ¿Has acojonado a tu familia hablando de autopsias, venenos o fantasmas? ¿Eres el rarito de la familia? Cuéntame tus experiencias, seguro que nos divertimos.