La segunda novela es la más complicada para cualquier escritor. Más que la primera incluso. Es peor si escribes terror, pero es que todavía puede empeorar si tu primera novela es un éxito total de ventas. Los lectores que disfrutaron de tu primera novela esperan mucho de la segunda; los que no leyeron tu primera obra pero escucharon hablar de ella quieren que los seduzcas y los que te odiaron quieren que falles. Cuando Stephen King saltó del terror más personal —de ese abuso psicológico—de Carrie a un tema tan trillado como los vampiros, muchos lectores se preocuparon. Menos que Stephen King es el rey por algún motivo y El Misterio de Salem’s Lot fue —y sigue siendo— una de sus mejores novelas. Un trabajo impresionante.

Un editor me dijo que una de mis novelas tarda mucho en arrancar, en ese momento pensé: Macho, tú no has leído El Misterio de Salem’s Lot. Porque es increíble lo que tardan en suceder los primeros hechos en esta novela. ¿Y te crees que la novela es peor por eso? ¡Qué va! Al contrario, mejora, se toma su tiempo para establecer un escenario y unos personajes. A ver si alguien se entera y toma notas: una novela no es una película de acción y nunca debería serlo.

La novela arranca con un prólogo que nos muestra a un hombre y un chico que han sobrevivido a algo terrible. Tras este prólogo conoceremos el pueblo de Salem’s Lot que será el personaje principal de la novela y que sienta las bases de lo que hará más adelante con Derry y Castle Rock. King ofrece una descripción extremadamente detallada de cada calle y edificio. Más adelante, se toma otra vez su tiempo para poblar esas calles de personajes variopintos, que parecen sacados de una soap opera.

En estas primeras páginas, se nos muestra lo que es la vida en el pueblo. Sobrevolando de personaje en personaje, nos damos cuenta de que todos quieren saber quién es ese misterioso personaje que acaba de llegar al pueblo.

El extraño es Ben Mears y es un escritor. Creció en Salem’s Lot y tiene malos recuerdos del pueblo. En particular sus malos recuerdos son de la casa Marsten, que vigila el pueblo desde lo alto de una colina. Allí tuvo una mala experiencia. Ben es autor de varias novelas de éxito —con títulos chulísimos como Danza Aérea—, pero no eran novelas que gustaran a los pueblerinos: «La señora Coogan, en la tienda dice que son un poco picantes», le dice Susan al propio Ben cuando hablan de sus textos. Otros personajes se muestran abiertamente ofendidos por una escena de sexo homosexual en su novela La Hija de Conway.

Ben ha regresado al pueblo para escribir su próxima novela. Nunca sabemos de qué va ese libro y eso que todos los personajes preguntan sobre ella, pero Ben nunca contesta. Es solo en el último tramo de la novela que ofrece una vaga respuesta tipo «trata sobre el recurrente poder del mal», y que la idea está basada en su experiencia en la casa Marsten.

—¡Cuidado! Spoilers a partir de aquí. Lee bajo tu responsabilidad—

Ben hace las cosas que se esperan de un escritor. Pasa tiempo bebiendo en su habitación, conoce a una chica que le gusta —Susan—, visita a un viejo profesor —Matt—, a un médico —Jimmy—, encuentra a un sacerdote con problemas de alcoholismo —el Padre Callahan, que aparecerá mucho más tarde en los eventos de La Torre Oscura—, se hará amigo de un niño, Mark Petrie, con una impresionante colección de figuras de monstruos de la Universal y un gran conocimiento sobre ellos. Por supuesto, recordará la vez que fue a la casa Marsten y tuvo una experiencia terrible en ella con la aparición del fantasma del antiguo propietario.

Todo esto, sucede en la primera mitad del libro. Stephen King se toma su tiempo para crear el ambiente del pueblo y para armar un elenco de personajes increíbles. ¿Y esto hace que la lectura sea lenta o aburrida porque «no pasan cosas» —palabras que he leído en informes de lectura de editores profesionales—? Pues no, al contrario. Medio libro para presentar a Ben y a su pandilla de cazadores de vampiros. ¿Y los vampiros? Pues no los ves hasta bien entrada la segunda parte del libro.

Lo que King ofrece son pistas sueltas. La principal es un personaje, el misterioso señor Straker y su más misterioso aún socio el señor Bartlow. Ambos compran la casa Marsten y abren una tienda de antigüedades en la ciudad. Es un evento extraño, pero están pasando tantas cosas extrañas en el pueblo que nadie les presta atención: madres que pegan palizas a sus bebés, esposos alcohólicos que violan a sus esposas… Y muchos cotilleos, royendo como ratas tras las paredes.

¿Un dato divertido? Entre Straker y Bartlow, casi tenemos el anagrama de Bram Stoker.

Cuando la primera víctima cae, un niño pequeño que muere en circunstancias extrañas, el único que presta atención un poco de atención es un policía inepto. Cada personaje tiene sus problemas y está encerrado en su mundo, ignorando la realidad. El lector, en este punto, está tenso y quiere gritarles que espabilen, que se acerca la muerte.

Es a mitad de la novela cuando la primera gota de sangre mancha las páginas. Más gente palma. Un bebé que muere y regresa la vida, y necesita algo más que la leche de su madre para vivir. Estar fuera durante la noche ya no es seguro. Tras una larga y lenta primera parte —que ofrece al lector una falsa sensación de seguridad— la segunda parte es frenética. En solo dos días y dos noches el pueblo de Salem’s Lot queda barrido del mapa, a pesar de los esfuerzos de Mears y sus amigos por luchar contra el mal que les acecha.

Para bien o para mal, la novela termina justo dónde empieza: con el chico y el hombre alto en México, tratando de decidir qué hacer a continuación.

Tristeza

Tengo que confesar que, a los 18, uno de mis placeres culpables era leer a Anne Rice. Entrevista con el vampiro, Lestat el vampiro y La reina de los condenados, me encantaron —más tarde disfruté con Pandora y Sangre y Oro—. Cuando tomé entre mis manos El Misterio de Salem’s Lot por primera vez, pensé que iba a ser una experiencia parecida.

¿O confieso otra cosa? Dejé el libro. La primera parte se me hizo eterna. Porque no era buen lector, porque solo quería «que pasaran cosas». Años más tarde, cogí el libro de nuevo y, ahora con ojos de escritor, leí esa primera parte casi con reverencia. Me encantó, cada detalle, cada personaje, cada suceso diario sin importancia. Todo iba sumando al conjunto, creando un pueblo vivo. Se toma tanto tiempo para presentarnos a los personajes, que dedica un pasaje entero a mostrar como uno de sus personajes bebe una cerveza… ¡Y es uno de los textos más maravillosos que he leído en mi vida! Es casi mágico.

Gracias a esa primera parte en la que «no pasan cosas», cuando arranca la locura de la segunda parte, te mantiene pegado al asiento. Te ha presentado a todo el pueblo y ahora, uno a uno, los va matando y tú como lector no dejas de preguntarte quién será el siguiente, porque sabes que nadie va a salir vivo de ahí. Esa sensación es maravillosa. Incluso los personajes más crueles y antipáticos te producen tristeza al caer.

Porque esa es una de las cosas más maravillosas de este libro. Los vampiros, además de ser terribles, son tristes. Hay una gran sensación de tristeza en cada uno de ellos y recuerdo que ese detalle me impresionó.

Stephen King, en un momento en que los vampiros estaban desaparecidos de la cultura popular, tomó el arquetipo, le dio un giro personal y soltó a la bestia en mitad de un pueblo indefenso. Sentándose tranquilamente a observar el caos generado.

La novela tiene muchas lecturas y, para los más culturetas, seguro que es una gran metáfora sobre cómo los pueblos tradicionales son destrozados —sorbidos como sangre— por los extranjeros, hasta dejarlos como una cáscara vacía. Pero para mí, es mucho más simple que eso, El Misterio de Salem’s Lot es una novela de terror, es la historia más antigua: la del mal en estado puro. Un mal que siempre está ahí, pero que algunas veces duerme en la oscuridad esperando a regresar.

Y lo mejor de todo es que siempre regresa.