Después de la ronda de bofetadas de la semana pasada y repasando los últimos artículos que leído por ahí, me he dado cuenta de que la gente se obliga a escribir. Y creo que eso es una idea muy mala. Dañina. Debes entender que nadie te obliga a nada. Y que, si no te diviertes, ha llegado el momento de dejar de escribir y dedicarte a otras cosas.

En mi pueblo había un señor que se llamaba —de «mal nom» como se dice por aquí— Pastorela. Era un señor de esos que sobresalen entre el ganado, el personaje de una novela costumbrista. Soltero de por vida, se pasaba el día de iglesia en iglesia, más concretamente: de funeral en funeral. Era su vida, se recorría todas las iglesias del pueblo preguntando: «¿Quién se ha muerto hoy?».

Yo soy algo parecido. No voy recorriendo iglesias en busca de funerales, pero suelo leer solo artículos tristes. Me gustan los artículos tipo queja. Me atraen. Porque creo que es ahí donde se ve de verdad a la persona que hay detrás del blog. Los artículos de listas, los que te enseñan a escribir… Eso no son más que humo y espejos, patrones copiados de blog en blog que terminan siendo una producción en cadena… Y a mí me gusta ver las marcas del artesano en los productos que consumo. Y algunos de esos artículos son realmente buenos.

Escribir y la falacia del jugador

Como os iba diciendo, en las últimas semanas estoy viendo muchos artículos de ese estilo. Gente que se queja de su blog o de la escritura en general. Entiendo que, si tienes un blog de escritura —lo que ya de por sí es un error—, tienes que mantenerte en la escritura, aunque solo sea para justificarte.

También he hablado con colegas escritores que me dicen que están hartos de escribir. Que no se divierten y que se les hace muy cuesta arriba. Que es una carga. Yo mismo, como os contaba la semana pasada, llevo mucho tiempo sin darle a la tecla. Con todo esto, me he puesto a pensar muy en serio: ¿tendría que dejar de escribir? ¿Por qué no deja de escribir esta gente si está tan harta de todo?

El costo hundido y el escritor

Aquí entran en juego algunos factores que son muy humanos. En primer lugar está eso de «con todo el tiempo que he invertido, no quiero dejarlo». Bueno, esto se llama la falacia del costo hundido. Es como esa persona a la que le han puesto los cuernos, pero que perdona a su pareja porque llevan mucho tiempo juntos y no pueden acabar así.

Se trata de un sesgo cognitivo que tenemos todos los seres humanos y que nos lleva a tomar malas decisiones. El costo hundido es un gasto del pasado que no se puede recuperar, en el caso de la escritura, es una inversión de tiempo —y también de pasta—. El problema de esta falacia es que, cuanto más inviertes en ese costo hundido, más te atas emocionalmente a él y más te cuesta dejarlo.

A nadie le gusta perder. Fíjate en los numantinos. Abandonar un proyecto en el que has invertido tanto tiempo y esfuerzo es reconocer una derrota. No queremos reconocer que queremos dejar de escribir, porque no queremos reconocer que la escritura nos ha vencido.

La falacia del jugador y el escritor ludópata

La falacia del jugador —o del apostador— es bastante parecida a la anterior. Creemos que las acciones pasadas afectan a las futuras. Es como cuando jugamos a «cara o cruz» y, creemos que tiene salir cara porque han salido tres cruces seguidas.

Dejar de escribir

Está muy bien apostar fuerte. Pero también hay que saber retirarse a tiempo.

Una vez me dijo una editora que la clave para que una editorial acepte tu manuscrito es: pillar al editor adecuado, en el momento exacto de su vida. Es decir, tu manuscrito debe ser leído por una persona concreta, en un momento concreto de su día —y de su vida— y pillarla en un estado de ánimo concreto para que esa historia le llegue.

La falacia del jugador te hace creer que las probabilidades son acumulativas, cuando el azar, en realidad es caótico. Por muchos manuscritos que hayas enviado a editoriales, no significa que tengas más posibilidades de que te publiquen.

Muchos de esos escritores que están hartos del oficio, no lo dejan porque creen que su momento está a punto de llegar. Que será el siguiente envío, el siguiente manuscrito, el siguiente relato. Siempre el siguiente… Pero lo único que logran es acumular rechazos. Eso los va minando y aunque se mantienen a flote a base de chutes de esperanza… Lo más habitual es que al final, acaben rindiéndose o que sigan, pero se sientan miserables.

Mientras tanto siguen escribiendo. A pesar de que no quieren. A pesar de que se les hace cuesta arriba y de que les resulta más doloroso que placentero.

Así somos los escritores; incongruentes y falaces.

Dejar de escribir y romper las cadenas

Esto es muy sencillo. Si estás harto, si no te divierte, si te causa una molestia, déjalo. De la misma forma que la semana pasada te dije «Hazlo», esta semana te digo que lo dejes. Si no te diviertes, deja de escribir.

El lector es sensible. Y no tiene ni un pelo de tonto. Si tú no diviertes escribiendo, ¿cómo crees que se sentirá el lector? Exacto, tampoco se divertirá leyéndote, ¿es eso lo que quieres? Estoy seguro de que no.

Yo llevo más de seis meses sin escribir. Y no ha pasado nada. No soy J. K Rowling, no tengo una legión de fans esperando a que publique mi siguiente libro. Tengo mi blog, que tiene lectores y los libros que he publicado han ido muy bien —no me puedo quejar, la verdad—, pero ahora mismo no me divierto escribiendo.

Me sentía entre enfadado y triste, no sentía ninguna conexión con la mayoría de mis lectores, ni con sus lecturas, ni con sus comentarios… No me gustaban sus comentarios, ni me gustaba escucharlos y he odiado hasta el último mensaje que he recibido.

Eso es lo peor. LO PEOR. No me reconozco en esa persona. Yo no soy así. Tenía que hacer algo. Y lo que hice fue muy sencillo: dejar de escribir. A ver, no es que clavara el bolígrafo sobre la mesa y saliera de mi casa envuelto en la gloria de mi grandeza. Nada de eso. Ha sido más bien como una filtración, como si me estuviera derritiendo muy lentamente.

Tomar aire

Necesitaba alejarme. Tomarme un tiempo.

¿Pero alejarme de qué? Yo no soy George Martin, no tengo lectores llamando a mi puerta para que publique el siguiente libro. No había presión, sin embargo, yo la sentía… ¿Por qué? No tiene ningún sentido.

En realidad, necesitaba alejarme de muchas cosas. Me di cuenta de que estaba harto de leer tuits sobre gente que escribe. No soportaba ver cómo la gente compartía sus avances en sus proyectos —muchos de los cuales se quedan como tuits y no pasan de ahí—. No soportaba a mis seguidores, no soportaba a mis compañeros escritores. Estaba harto. Desquiciado. Escribir me hacía sentir miserable. Empecé a odiar el proceso y, al final, lo dejé.

Decidí centrarme en mi trabajo. Gran parte de mi trabajo es escribir, es cierto, pero no me hacía sentir esa presión, no me agobiaba, no me hacía enfadar. Me centré durante un tiempo en el trabajo y la verdad es que también me fue bien. Mi trabajo me permite seguir escribiendo, pero sin tener que exponerme. Y eso, a parte del hecho de que me encanta mi trabajo, me hacía sentir cómodo y libre.

Escribir debe ser liberador

Escribir es liberador. Si escribir no te resulta liberador, si no te divierte, si no te hace sentir bien, entonces no lo hagas, déjalo. Esta semana vi un artículo de Diana Morales que hablaba sobre los beneficios de la escritura. Escribir tiene beneficios y eso es totalmente cierto, escribir debería liberarte de bagajes emocionales y de cargas extra. Por eso, si escribir acaba siendo justamente eso —una carga—, lo mejor que puedes hacer es dejarlo.

Y dejarlo no es nada malo. Nadie te va a mirar y a señalar. No eres un cobarde. No pierdes nada. Lo que llevas hecho, hecho está. Los libros publicados, los artículos escritos, están ahí y ahí se van a quedar. Eso no te lo va a quitar nadie.

Dejar de escribir tampoco significa condenarte al olvido. Porque no vas a resetearte la cabeza y santas pascuas; mañana seguirás sabiendo escribir, tendrás un teclado sobre tu mesa y un procesador de textos o un montón de papeles en blanco. Cuando quieras volver a escribir, ahí estará todo.

Dejar de escribir y retomarlo.

A veces, lo mejor es dejarlo. Dejar que fluya.

Yo mismo he descubierto, después de seis meses que empiezo a tener ganas de escribir otra vez. Las últimas semanas, están siendo duras para mí. Me estoy mudando un lugar nuevo y ando entre dos tierras, ni en mi vieja casa, ni en la nueva. Tengo pesadillas cada noche y no paro de pensar en todo lo que tengo que hacer… Durante estos días, en los que, además, he pasado muchas horas solo en casa, me he dado cuenta de que me apetece escribir.

Dejar de escribir y retomarlo

Hace un año escribí un artículo muy parecido a este —quizá no tan personal—, pero en él también hablé sobre cómo dejar de escribir y cómo retomarlo. Unas semanas después de publicar aquel artículo terminé Secretos de Familia la que será mi quinta novela —está en la editorial, cuando sepa algo os iré avisando—.

A día de hoy, tengo ganas de escribir, aunque es verdad que tengo miedo de hacerlo. He pasado meses sin escribir, soltando algún relato por el camino, pero sin embarcarme en nada importante. Y es que la escritura necesita fluir, porque si se convierte en un enema que chorrea se hace muy incómodo. Yo no creo en sentarte y escribir «aunque sea» 50 palabras. Y es verdad que hace tiempo os dije en este mismo blog que eso funcionaba. Pero no lo hace. No funciona, al menos a mí no me funciona. Al contrario, me crea una frustración tremenda. Sentarme y no ser capaz de escribir más de dos frases seguidas, me lleva a abandonar mis proyectos… Y eso es algo que odio.

No hay nada de malo en alejarse. No pasa nada si esto te cansa, si te supera el día a día. Escribir debe ser divertido, escribir tiene que servirte de evasión, no de tortura. Yo he logrado entrar en una relación menos tóxica con la escritura y lo he hecho comprendiendo que no siempre voy a escribir, que muchas veces odiaré el proceso y que, cuando me pase eso, lo mejor que puedo hacer es alejarme.

Seguro que no es lo que estabas deseando leer. Pero es lo que hay: si no te diviertes, deja de escribir. Ya tendrás tiempo de volver y si no quieres volver, no lo hagas. Nadie te obliga, pero no te fuerces, no te obligues. Como decía McCartney: Let It Be.