Jaume, a menudo, nos ofrece en su blog lecciones magistrales sobre cómo tocar las cuerdas del género del terror para que suenen los acordes más escalofriantes. Sin embargo, como sabrá todo el que haya intentado crear alguna vez algo macabro, el terror es un amante desagradecido, pues es muy difícil conseguir generar ese sentimiento mediante la ficción.

Asco, repugnancia o inquietud sí son cotas que pueden alcanzarse con mayor o menor dificultad, pero el miedo, ¡ay, amigo!, el miedo es otro cantar…

Ya se ha hablado en este blog sobre la naturaleza del miedo, motivo por el que no ahondaré en la cuestión, pero sí me gustaría puntualizar que una de las dificultades que entraña el tratar de asustar es que a veces, si te excedes en tu intención, te puede pasar que en vez de asustar, das risa.

Por eso hoy vengo a contarte cómo conseguí dar miedo con un libro sin proponérmelo.

El 31 de octubre, coincidiendo con Halloween, publiqué mi nuevo libro, Lo poco que sé del misterio. Es un libro en el que analizo algunas experiencias propias tratando de encontrar inexplicable y otras de diversos testigos y personas conocidas, pero desde las primeras páginas del libro intento darle un toque de humor.

Cómo dar miedo sin proponérselo

¿Por qué? Pues porque quería que fuera algo diferente, no otro libro más de testimonios de casos extraños, y encima escrito por alguien que no es un investigador reputado y que, como escritor, solo es conocido en su casa a la hora de comer, y a veces ni eso. Es lo malo que tiene convivir con gente que sufre amnesia.

Bromas aparte, quería también enfocar estos temas con un tono lúdico, precisamente para evitar el rechazo que causan en algunos lectores; en unos casos por que no les conceden credibilidad, de modo que, al menos, se diviertan con la lectura; en otros porque estos temas asustan a algunas personas.

Dichas cuestiones, además, son tratadas con toda la asepsia que es posible en estas materias, exponiendo los hechos tal y como los percibieron las personas implicadas, exponiendo las tesis para explicarlos de escépticos y las de los crédulos, sin emitir juicios de valor sobre si tales cosas pueden ser ciertas o no.

Tras las primeras semanas de su publicación tuve la oportunidad de hablar con algunos lectores y preguntarles qué les había parecido el libro. Y algunas de las respuestas me sorprendieron. Hubo quienes habían dejado de leer algunos capítulos porque les había dado miedo. En otros casos, aunque los leyeron enteros, me confesaron que el tema les había causado cierta sensación tétrica. Y es que, como dice un viejo proverbio taoísta:

“si corres detrás de un caballo, nunca lo alcanzarás, pero si el caballo es tuyo, vendrá por sí mismo”.

¿Qué quiero decir con esto?

Varias cosas de las que quizás podamos extraer algunas lecciones para nuestras ficciones de terror.

La primera es la naturalidad

Hay investigadores que siempre remarcan que, cuando un caso paranormal es genuino, se nota, porque las imágenes o testimonios poseen unas claves que, sin ser artificiosas o espectaculares, conmueven cuando nos las muestran los testigos.

Me refiero a que quizás muchas veces basta con exponer los hechos sin tratar de adornarlos, sin obsesionarse con asustar. Cualquier historia con uno de estos detalles anómalos o una foto con una simple mancha macabra puede ser más efectiva que la película de terror con los mejores efectos especiales del mundo.

Otra lección para un escritor de terror sería que quizás es interesante revisar testimonios de personas que hayan vivido estas experiencias, o que ellas crean que las hayan vivido, pues tal vez podamos llegar a imitar esa idiosincrasia en nuestras narraciones, esos pequeños elementos en apariencia anodinos pero que hacen que se te ericen los vellos de la nuca al escucharlos.

Un ejemplo magistral de esto, a mi entender, es la escena de la película Los otros, en la que la protagonista finalmente es consciente de parte de lo que pasa en la casa gracias a un álbum de fotos de muertos.

No hay grandes efectos, no hay maquillaje monstruoso ni infografía, solo unas lúgubres fotos en blanco y negro de gente inerte, muy realistas, y una terrible conclusión a la que nuestro cerebro llega por sí mismo.

El testimonio confiere verosimilitud

Es por eso que en las narraciones de terror se usa muchas veces el recurso del testimonio, alguien que deja por escrito una experiencia que ha vivido. De alguna forma, si dicho falso testimonio está bien construido, puede lograr de forma más fácil la suspensión de incredulidad del lector, eliminando la mano del titiritero que sería un narrador ajeno a los personajes.

Los miedos universales siempre son efectivos

Hay miedos universales que casi todos tenemos enquistados en el subconsciente: el miedo a la muerte, el miedo a lo desconocido, el miedo a ser víctimas fuerzas que no controlamos.

Quizá el libro diera miedo a estas personas porque trata de estos temas clásicos que acompañan al ser humano desde sus inicios. Un tema tan aparentemente inocuo, al menos a mí me lo parecía, como las Experiencias Cercanas a la Muerte, aunque fueran, en el caso que se narra en el libro, de carácter negativo, no celestial, bastó para que algunas personas sintieran temor al leer el libro.

¿Por qué? Por que todos tendremos que enfrentarnos en un momento u otro a esa gran barrera final.

Es algo consustancial a la propia existencia: el miedo a su cese.

Por lo tanto muchas veces el secreto radica en la elección del tema, un tema que toque la fibra sensible de los terrores que todos llevamos dentro desde que nuestros antepasados se enfrentaron por primera vez a la oscuridad de la noche.

Pero que conste que estos lectores fueron un porcentaje mínimo. Al resto les gustaron más las bromas y los datos curiosos. A otros, el hecho de que el libro tuviera el ancho justo para calzar un sofá. O, al menos, eso me dijeron a mí.