Una de las cosas que siempre digo en mis talleres de terror es que la literatura, al menos en su forma primordial como cuento tradicional o, incluso como elemento religioso, nació como un cuento de terror. Para mí la literatura de terror es la forma original de la narración; todas las narraciones culturales, los cuentos tradicionales y las mitologías están llenas de elementos de terror, miedo, desesperación y anhelo. Las mitologías están formadas por arquetipos muy reconocibles: El Resucitado, El Innombrable, El Ser Oscuro, El Mal…

Por si no me crees te voy a poner algunos ejemplos que reconocerás —y si no los reconoces te recomiendo que te repases las mitologías/religiones/cuentos clásicos—:

  • Egipto es el imperio más poderoso y grande del mundo conocido, sus monumentos son la envidia de los reinos vecinos, su poder militar es insuperable, lo mismo que el esplendor y la tecnología que han alcanzado. Un buen día, un converso, un iluminado, aparece en la corte y maldice a los egipcios. Plagas acaban con las cosechas, el agua se convierte en sangre, llueve fuego del cielo y un ente misterioso termina con la vida de todos los primogénitos.
  • Dos pueblos prósperos y llenos de vida. Dos ciudades que florecen en el intercambio mercantil y que disfrutan de una economía boyante, son alertados de que se ciñan a las viejas reglas o algo malo sucederá. Los pueblos, siguen a lo suyo y, de repente, un buen día, un extraño ser sobrevuela los cielos de los dos pueblos y acto seguido empieza a llover fuego y las personas se convierten en estatuas de sal.
  • Extraños seres poderosos disfrutaban de su creación, aislados en su fortaleza, observaban al hombre —su creación más débil— enfrentándose a bestias y monstruos que eran mucho más poderosos que él, para ellos era un juego divertido. Uno de ellos, conmovido por su debilidad, roba el fuego —el elemento más poderoso de la creación— y lo entrega a los débiles humanos, para que puedan defenderse. Como castigo, es atado a una montaña, cada día un águila desciende y le come el hígado. Como es inmortal, el hígado crece de nuevo y cada mañana se repite el terrible hecho.
  • Un hombre se sienta cada día en la mesa del Olímpo, es agasajado por todos los dioses. Un día son ellos los que acuden a comer a su mesa, abrumado, decide descuartizar y cocinar a su propio hijo. Los dioses se horrorizan y solo una de ellas —trastocada por el rapto de su propia hija— prueba la comida, comiéndose el hombro del niño. Los dioses, usando un caldero mágico y mediante la intervención de las Moiras, reconstruyen al niño y le dan vida, al tiempo que condenan a su padre a sufrir hambre y sed por toda la eternidad, sumergido en un lago hasta el cuello y bajo un árbol frutal que nunca puede alcanzar —este mito era muy popular, tanto es así que tiene su propia versión en la cultura católica—.

Como podéis ver el terror forma parte de los primeros mitos. En este caso me he remitido solo a los greco-latinos y judeo-cristianos, la mitología nórdica es una fuente de historias de terror, pero ya está bien de ensalzar lo de los demás: nosotros tenemos una grandísima cultura que estamos olvidando. En el caso de las mitologías greco-latinas e indoeuropeas, podríamos perseguir el mito del vampiro, hasta la mismísima Sumer, la cultura mediterránea más antigua que se conoce; Emikku, era un ser vampírico, que poseía los cuerpos de aquellos que morían de forma violenta o eran enterrados sin seguir las tradiciones —muy parecido al mito del fantasma moderno—.

Los sobrenatural y la Inquisición

Bueno, hasta aquí mi reivindicación de lo mediterráneo, regresamos a lo anglo-sajón —qué remedio— para explicar de dónde viene el terror moderno.

En 1235, el Vaticano decidió que había que terminar con la heterodoxia en la fe. Casi de inmediato empezaron a aparecer casos de herejía por toda Europa, junto con los muy famosos casos de brujería, que se estancarían culturalmente hasta el siglo XVII. Cien años después de la aparición de la Inquisición, Dante publicó La Divina Comedia y su visión particular de Satanás estuvo vigente en la cultura hasta 1667, cuando fue reemplazada por la visión más moderna que ofrecía John Milton en su Paraíso Perdido.

Durante aquella época todo —o casi todo— lo que se publicaba estaba estrechamente ligado a la religión, por ejemplo en 1486 dos monjes Henry Kramer y Jakob Sprenger escribieron y publicaron el famoso Malleus Maleficarum —conocido como El Martillo de Brujas— una especie de terrible guía de uso para los inquisidores. El libro era un compendio sobre las brujas, fue este libro uno de los principales culpables de las masacres que se llevaron a cabo por toda Europa y América.

Malleus Maleficarum, historia de la literatura de terror

El famoso Malleus Maleficarum, el libro de cabecera de la Inquisición

Por suerte hacia 1580 las cosa empiezan a cambiar, en Londres, gracias al auge cultural que vive la ciudad, empiezan a aparecer obras de teatro distintas, aunque igual de terroríficas, pero que empiezan a despertar una cierta libertad literaria. Todos señalan que comenzó con la obra Tragedia Española de Thomas Kyd, que abría la puerta a esas tragedias sangrientas en las que «moría hasta el apuntador». Kyd fue seguido por el Bardo Inmortal con obras terroríficas como Hamlet, McBeth o Tito Andrónico, esta fiebre por los slashers teatrales y las muertes en escena terminaría con la obra La Duquesa de Malfi y la muerte no regresaría a los escenario como protagonista hasta 1730 con Hernani, de Víctor Hugo.

Otro ejemplo de esta literatura ligada a la religión, aunque perfectamente considerable como literatura de terror, es la de Agustín Calmet, un monje benedictino francés, que escribió un verdadero tratado sobre vampiros y otros seres sobrenaturales, en su famosa obra El mundo de los fantasmas.

La novela gótica y la nueva literatura de terror

Ya en 1714 apareció un grupo de tipos raros, delgaduchos, pálidos y con perillitas a los Satanás que se hicieron llamar Los Poetas de la Tumba, entre ellos destacaba Thomas Parnell con su obra A Night-Piece on Death, una recopilación de poemas con temas de terror y muerte.

Unos años más tarde, en 1731, el gobierno del Imperio Austriaco ordenó una investigación profunda de los hechos acaecidos en la pequeña villa de Medvegja. Allí un hombre, Arnold Paole, había fallecido al caer de un carro de paja. Paole, había estado presumiendo de que, durante una estancia de tres años en Turquía había sido mordido por un vampiro, para curarse de aquella maldición se había bañado en la sangre y en el barro de la tumba del mismo. Sin embargo, al morir Paole, las cosas se pusieron feas, mucha gente del pueblo comenzó a palmar misteriosamente, la gente, asustada, desenterró al tal Paole —que además estaba bastante bien conservado—, le clavó una estaca en el corazón y quemó sus restos. Sin embargo, la gente siguió muriendo misteriosamente.

Esta historia, corrió como la pólvora por toda Europa, debido a un estudio en profundidad del caso que realizó un tal Johannes Fluckinger y en el que corroboraba las versiones de los habitantes de la pequeña localidad húngara. En aquel momento, los científicos y filósofos, quedaron fascinados por el caso y la fiebre por el vampiro inundó Europa, siendo esta historia real la semilla primigenia de todos los relatos vampíricos posteriores y la verdadera fiebre por el vampirismo que azota Europa —incluso hasta nuestros días, pues el vampiro es un arquetipo tradicionalmente ligado a Europa—.

De aquel germen aparecería en 1765, la que está considerada por todos los expertos como la primera novela de terror, El Castillo de Otranto, de Horace Walpole. Es también es la primera novela gótica, fue la semilla de la literatura de terror moderna. La siguiente novela de terror sería Los Misterios de Udolfo de Anne Radcliffe, una novela que influyó muchísimo en otros autores como Lord Byron o Walter Scott.

El Castillo de Otranto, Terror

El Castillo de Otranto, de Horace Walpole

En esta etapa otros autores como Matthew Lewis aportaron su propia visión, haciendo crecer el género con sus obras, en 1705 publicó El Monje, de forma anónima, Radcliffe quedó tan impresionada por la oscuridad de aquella obra que, como respuesta, escribió El Italiano. En aquella época, este tipo de «peleas» entre autores eran bastante comunes. Otros autores como E.T.A Hoffman también ponían su granito de arena en el género de terror con cuentos cortos que comenzaban a apelar al hombre y la psique como principal enemigo, obras como El hombre de Arena o los Elixires del Diablo, forman parte de los cánones del terror.

La reunión que cambió la literatura

Sin embargo, si la literatura de terror tiene una fecha marcada esa es junio de 1816. Durante tres días, un grupo de amigos formado por el poeta Percy Shelley, su joven esposa Mary Wollenstonecraft, el doctor John William Polidori y el excéntrico aristócrata Lord Byron se reunieron en una mansión a orillas del lago Ginebra. Atrapados por una tormenta, deciden hacer una batalla de cuentos de miedo, lo que en aquella época era conocido como Phantasmagoría.

De aquella batalla intelectual nacería la novela que cambiaría el terror —y que inventó la ciencia ficción—, Frankenstein o El Moderno Prometeo. Pero no solo eso, de esa reunión también saldría una novelette que sentaría las bases para todas las historias de vampiros modernas, me refiero a El Vampiro de John William Polidori, cuyo personaje es una caricatura de Lord Byron, un sátiro insatisfecho en busca de jovencitas —lo erótico en lo sangriento—.

Por aquella época el terror aparecía de nuevo sobre los escenarios londinenses, obras como El Elixir del Diablo de Fitz Ball o El espectro del castillo de Matthew Lewis hicieron las delicias del personal. Estas representaciones llamadas «la trampa del vampiro», que Anne Rice retrata de maravilla en la troupe de vampiros parisinos dirigida por Armand el vampiro, eran misteriosas y sangrientas, durante un tiempo maravillaron al público. Sin embargo, la gente se cansó pronto y por lo caras que resultaban, pronto desaparecieron de nuevo pues: «el diablo dejó de estar de moda».

En esa misma época 1833, cuando el terror parecía condenado a desaparecer, apareció en el Baltimore Saturday Vistor una historia que lo puso de nuevo en primera plana, El Manuscrito Hallado en una Botella de Edgar Allan Poe, dio una nueva vida a la literatura de terror.

Literatura de terror para niños

En el siglo XIX el terror se apoderó de todas las formas de arte, penetró en cada una de las disciplinas y brilló en todas. En 1819 Francisco Goya pintó los conocidas Pinturas Negras, óleos pintados como respuesta al terror que se vivió durante la invasión francesa de España, una de sus obsesiones siempre fueron los aquelarres y las brujas, tan presentes en el folklore aragonés. En los años siguientes el terror aparecería también en la música, Héctor Berlioz compondría sus Sinfonías Fantásticas, la gente quedaría maravillada por lo macabro de aquellas piezas. Tiempo después Saint Saëns, apelaría también al terror con su Danza Macabra.

Aunque empezaba a ser un tiempo de luz y descubrimientos, donde la ciencia tenía un peso enorme, todavía eran tiempos de lucha, donde la violencia y la muerte estaban en todas partes. Los estudiosos actuales se escandalizan al leer las obras originales de los Grimm o los detalles escabrosos y terroríficos de las obras de Andersen, sin embargo, los niños de aquella época convivían con la muerte a diario —epidémias, como la cólera en España, guerras, masacres, hambre—, hoy en día todas estas historias han pasado por el filtro Disney, con lo que eso supone.

Y aunque muchos no estén de acuerdo las obras de Lewis Carroll Alicia en el País de las Maravillas y A Través del Espejo, son obras que conjugan perfectamente, lo extraño con el terror y que han influenciado a muchos escritores de terror, además el poema de Carroll «El Jabberwocky» mezcla lo absurdo con los elementos más conocidos del terror.

El Jabberwocky, Literatura de terror

La revolución de los Penny Dreadful

Sweneey Todd, literatura de terrorLa Revolución Industrial cambió el mundo por completo, y la literatura no pudo ser menos. Las ciudades estaban abarrotadas de personas que infra-vivían, soportando larguísimas jornadas de trabajo —mujeres, hombres y niños—, con sueldos miserables y en unas condiciones de vida horrendas. Por aquella época la gente necesitaba evadirse de sus vidas, como respuesta aparecieron los Bloody Penny, que con el tiempo se convertirían en los famosos Penny Dreadful; folletines, con historias de terror intensas y cortas, eran historias viscerales y directas, nada que ver con la alta literatura, todo lo contrario, eran historias para el populacho.

Tal vez el Penny Dreadful más famoso sea Sweeney Todd, el barbero diabólico (aunque originalmente se llamó El Collar de Perlas), aparecido en 1847. Detrás del barbero aparecieron otros grandes mitos del terror como Varney el Vampiro que influiría directamente en el Drácula de Bram Stocker o Wagner el Hombre Lobo.

Las duras condiciones de aquella gente, sumado a la vida hacinada y sucia de la ciudad, hicieron que la delincuencia juvenil aumentase exponencialmente, llegando a ser un verdadero problema social. Sin embargo, la sociedad burguesa de la época culpó del problema a los folletines de terror, según ellos los Penny Dreadfuls incitaban a la violencia —¿no os suena esto de algo?— y cuando un padre encontraba a su hijo con uno de estos folletines, inmediatamente acababan en el fuego. Se llegaron a realizar quemas de libros públicas, por lo que encontrar ejemplares originales de Penny Dreadfulls, es toda una odisea para los coleccionistas.

 

La muerte del gótico

En 1872 un tal Sheridan LeFanu escribe Carmilla, la historia de una vampira. LeFanu apuñala al gótico en el corazón, pues es el primero en introducir esos elementos de terror sobrenaturales en el día a día, desmantelando y olvidando todos esos escenarios góticos y trayendo el terror a nuestras casas, a nuestras vidas. El gótico muere y la novela de terror victoriana, da sus primeros pasos.

Existe un nuevo marco social, las ciudades crecen y se vuelven impersonales, los vecinos apenas se conocen, se vuelven violentas y uno ya no puede contar con la benevolencia del prójimo. La literatura de terror empieza a buscar la moralidad personal, el monstruo interior. En ese estado de ansiedad social, Robert Louis Stevenson, basándose en un hecho real, escribe Doctor Jeckyll y Mister Hyde, que se convierte en un éxito instantáneo. Tres años después, Jack el Destripador aparece y crea por sí mismo un nuevo arquetipo que permanecerá en la literatura de terror, aunque no será hasta 1913 cuando su figura aparecerá retratada en la obra de Marie Adelaide Belloc Lowndes, The Lodger: A Story of the London fog.

A este lado del canal de la Mancha, en Francia aparecerá por esa época el famoso Grand Guignol, obritas de teatro macabras y extremadamente violentas, que casi siempre terminaban con venganzas, desmembramientos y otras salvajadas por el estilo, casi siempre presentaban mujeres traidoras, engaños sentimentales y hombres manipulados, el primer cine de Hitchcock bebería de este género parisino en grandes cantidades. Además de introducir nuevos arquetipos en el género —como la esposa manipuladora y la femme fatale— el Gran Gignol creaba una estética y sentaba unas bases muy lejanas aunque sólidas para la llegada del «gore» en épocas muy posteriores.

En Francia aparecería la primera definición de literatura de terror, de mano del poeta Paul Verlaine, que diría que: «el terror es una mezcla del espíritu carnal y la triste carne, con todo el violento esplendor de un imperio decadente». Como figura del terror francés cabría destacar a Guy de Maupassant, un maestro del cuento macabro, con historias como El Horla.

grand gignol, literatura de terror

En España durante el siglo XIX y principios del XX aparecen los grandes escritos de terror, aunque la figura principal del terror romántico en España será Gustavo Adolfo Bécquer, otros como Espronceda, Alarcón, Baroja o Blasco Ibáñez, pondrán su granito de arena en el género. Aunque si tenemos que hablar de un autor de esta época, será de Horacio Quiroga, maestro del cuento de terror latinoamericano, a menudo comparado con Poe.

La Transición al terror moderno

En 1893, Ambroce Bierce, publicaría sus historias de fantasmas y de guerra, lo que daría comienzo a un terror contemporáneo, pues metía de lleno el arquetipo del fantasma en un entorno moderno. H.G Wells iría un paso más allá con su obra La Guerra de lo Mundos, una mezcla de ciencia ficción y de terror, trayéndose desde el espacio exterior, una nueva fuente de miedo.

Por entonces comenzaron los primeros experimentos en el cine. De las antiguas Fantasmagorias —representaciones de «humos y espejos» en las que se hacían volar espectros por las salas— aparecieron las primeras películas de terror. Varias adaptaciones de El Doctor Jeckyll y Mister Hyde de unos dieciséis minutos de duración, tuvieron cierta repercusión en el público general, por lo que el terror se convertiría en un tema recurrente para los primeros directores de cine, que encontraban en estas narraciones cortas una fuente de ingresos fiables.

En esta época el modus operandi de los escritores de terror cambió de la novela al cuento corto, Algernoon Blackwood, extendió el uso del cuento como forma de escribir terror. Miembro de la Golden Dawn, compartió reuniones secretas con otros grandes escritores, como el infame Alister Crowley, Lord Dunsany, William Butler Yeats, Arthur Machen y Sax Rohmer —desconocido ahora, pero muy famosos en su época por obras como Fu Manchú o Los Casos de Moris Klaw, el detective de lo onírico—. De la Golden Dawn salieron la mayoría de las obras de terror de aquella época.

Fu Manchu, literatura de terror

Entonces, mientras en Europa, el terror desaparecía engullido por los periodos de guerras —y no reaparecería realmente hasta los 80 con Barker y James Herbert—, en Estados Unidos, la literatura de terror tuvo su época dorada con las publicaciones Weird Tales y los autores que las formaban como H. P Lovecraft o Ray Bradbury.

El terror en la historia moderna

El periodo de guerras borró el terror de la literatura europea, sin embargo, en Estados Unidos, la Gran Depresión no hizo que aumentara el afán de los americanos por este tipo de literatura. La Sombra y La Araña, producciones radiofónicas de terror, tuvieron sus adaptaciones en forma de novelas, en casi todos los casos estas obras —conocidas generalmente como literatura pulp— se inspiraban en el Grand Gignol francés. Las revistas pulp sobrevivieron hasta 1950, donde su popularidad comenzó a decaer, al aparecer los cómics.

Los horrores de la Segunda Guerra Mundial ensombrecieron a los horrores de la ficción literaria, y el miedo a lo nuclear se extendió por todo el mundo. La literatura durante aquellos años giró entorno al miedo a lo nuclear con la irrupción de la ficción WASP —White Anglo Saxon People—, con obras como El Increíble Hombre Menguante o La Invasión de los ladrones de cuerpos. Sin embargo, en 1950 el terror regresaría a lo grande con Soy Leyenda de Richard Matheson, la primera novela moderna de vampiros. En 1959 Shirley Jackson inauguraría el conocido como gótico americano con su novela La maldición de Hill House, la mejor novela de casas encantadas de todos los tiempos.

el increíble hombre menguante, literatura de terror

A finales de los años 50, en 1957, sería arrestado en Plainfield, Ed Gein, que se convertiría en otro de los grandes arquetipos del terror. Gein, un granjero que padecía retraso mental, asesinó a varias mujeres, las descuartizó, comió partes de sus cuerpos, se confeccionó una piel de mujer con sus pieles y realizó muebles y utensilios con la piel y otras partes de las víctimas.

Ed Gein crearía toda una serie de villanos y cambiaría el pie a la literatura de terror en los años 60. El primero libro basado en su figura llegaría a principios de los 60, de la mano de Robert Bloch, Norman Bates, protagonista de Psicosis, estaba basado, casi por completo en Gein. Ed Gein se abrió paso en el subconsciente colectivo, hasta el presente, apareciendo en las obras de Thomas Harris en personajes como Buffalo Bill o el mismo Doctor Lecter. También el cine le tenía reservado un espacio especial en películas como La Matanza de Texas, por lo que podemos decir que, como sucedió con Jack el Destripador, Gein se ha convertido por sí mismo en un arquetipo del terror.

Tras la histeria nuclear, los años 50 y 60 vivieron una calma tensa que estallaría a mediados de los 60 con lo más crudo de la Guerra Fría —Bahía de Cochinos y los 13 días que mantuvieron al mundo en jaque—. En medio de esta sociedad paranoica, aparecería Ira Levin, con una historia completamente diferente a todo lo que se había visto hasta el momento, La semilla del Diablo, ponía sobre el tapete lo que los gafapastas llaman ficción especulativa y devolvía finalmente el terror a la forma de la novela de corte más clásico.

Una forma diferente de terror

Sin embargo, tendríamos que esperar hasta los años 70 para volver a disfrutar de una época dorada para el terror, William Peter Blatty se encargó de inaugurarla con su obra El Exorcista, Stephen King seguiría sus pasos y pondría el terror en todas nuestras casas con Carrie. A estas obras las seguirían otras como Tiburón de Peter Benchley. Todo el terror que se producía por la época terminaba en la gran pantalla, con una explosión de directores jóvenes que apostaban por resucitar el cine de terror.

El terror estaba viviendo una nueva época dorada, con una explosión de nuevos autores, plumas visionarias que dieron al terror una forma y consistencia como nunca antes se había visto. Autores como Dean Koontz, Peter Straub o Ramsey Campbell —para mí uno de los mejores escritores de terror, junto a Stephen King—.

A partir de finales de los 70 el terror pasaría de la novela al cine, siendo este un terreno sembrado de grandes narraciones de terror. Los 80 llegaron con el que fue bautizado por King como: El Nuevo Rey del Terror, Clive Barker, que daría un giro de 180º al terror moderno, hablando de sangre, pactos con demonios de otras dimensiones y todo tipo de entidades sobrenaturales que convierten nuestras debilidades en nuestra peor pesadilla, vampiros mentales y aberraciones sanguinolentas.

Fue aquí, en los 80, cuando estalló completamente el consumismo, la sociedad necesitaba material que devorar con rapidez. El ritmo de vida se había acelerado completamente, ya no quedaba tiempo para sentarse a leer, la gente comenzaba a pedir material que devorar en hora y media y el cine tenía la respuesta a esa necesidad. En los 80 los videoclubs eran los reyes y el cine el principal productor de material de terror.

reanimator, literatura de terror

Poco después a caballo entre los 80 y los 90, serían de nuevo los asesinos seriales los protagonistas de la literatura de terror, personajes como Hannibal Lecter o Patrick Bateman, se apoderarían del género. Eran esas obras Dragón Rojo, El Silencio de los Corderos y American Psycho, las que marcarían —junto a la interminable producción de Stephen King— el devenir del terror en este nuevo milenio.

Del terror moderno llevo unas semanas hablando; sobre sus nuevos temas y sobre por qué no funciona al mismo nivel que antes. Las formas del terror han cambiado, la literatura de terror está evolucionando y el cine de terror también está en ese proceso de transformación —quizá perdiendo garra, como sucediera con aquellas representaciones teatrales del siglo XVI—, sin embargo, podemos estar contentos, pues nuevas formas de terror están surgiendo. Aunque en el mundo de las series para televisión el terror todavía no ocupa el puesto que se merece —uno que sí tenía hace unos años con series como Más Allá del Límite, Twin Peaks o Pesadillas y Alucinaciones—, los videojuegos han apostado fuerte por el terror y revisionan viejos mitos con adaptaciones de Lovecraft o versiones de películas como The Omen —me refiero a Lucian—.

Hasta aquí mi «breve» repaso de la literatura de terror, si has sido capaz de soportar estas casi 4000 palabras, es que de verdad eres un apasionado del género —o tienes demasiado tiempo libre—. Espero que hayas aprendido algo con todo esto, tal vez hayas descubierto un par de títulos, quizá acabas de conocer un autor, sea como sea, gracias por leer. Ahora, si crees que es interesante, comparte en tus redes sociales y no te olvides de comentar!