Para terminar la semana temática sobre Halloween quiero hacer algo especial, algo que no suelo hacer nunca. Hoy os voy a contar algo sobre mí, sobre como comencé a amar el género de terror.

Antes que nada, deberíais saber que me gusta Halloween. No es que yo sea uno de esos frikis que se visten de Jack Sparrow, ni salgo por ahí toda la noche, porque sea Halloween. Me gusta aprovechar esa noche para hacer un buen maratón de películas de terror (si son serie B o de los ochenta mucho mejor), me gusta pasar esa noche con mis amigos y con mi novia, bebiendo y riéndonos del monstruo al que se le ve la cremallera.

A cada uno le apasiona un tema, a mí me gusta la escritura, y desde que tengo verdadero uso de razón, soy un apasionado del terror. Fue un amor a primera vista. Estas cosas a veces pasan, te encuentras bailando a oscuras con algo que no tiene forma, y te das cuenta de que te gusta. Te encanta.

Mi primera lectura fuera de las paredes de un colegio fueron unos cuentos macabros de Poe. Yo era un mocoso, y el gran maestro del terror español: Chicho Ibáñez Serrador le dedicó un programa entero de “El Un, dos, tres” a Edgar Allan Poe.

A día de hoy, todavía no sé muy bien por qué, pues apenas recuerdo el programa, pero la figura del escritor se me marcó a fuego. Fue mi primer gran ídolo, si no contamos al Conde Draco que ya ejercía en mi mente infantil una fascinación mórbida. Por suerte, entre la colección de clásicos de mi padre figuraba una versión de los Cuentos Macabros.

Recuerdo que fue fatigoso, muy complicado, me costaba entender lo que significaban muchas de las frases, y creo que no avancé más allá del primer relato. Me superó aquella primera lectura, aunque, conseguí terminar  “El Barril de Amontillado”. Sentí como la locura se iba apoderando de mí, mientras iba sellando su destino, ladrillo a ladrillo. Desde ese momento, y a pesar de no poder leer por completo el libro, Poe se quedó conmigo para siempre.

No pasó demasiado tiempo hasta que de nuevo, me propuse leer a Poe. Esta vez conseguí leerlo entero. No fue un trabajo fácil, la lectura me suponía un esfuerzo, a esa edad (8 o 9 años) lo más complicado que había leído habían sido las novelas de “El Pequeño Vampiro” a las que estaba enganchado y “El Club de los cinco” que nunca terminaron de gustarme. Pero, lo conseguí, terminé de leer a Poe, pasé un miedo terrible. El pozo y el péndulo, El corazón delator, El retrato oval, Berenice, Ligeia, el miedo terrible y antiguo a ser enterrado vivo…todo eso fraguó en aquella mente infantil, y  fue el primer ladrillo que iba a sellar mi destino.

Después de Poe, fueron llegando los demás, el primero Bécquer y sus Leyendas, por la comodidad que me suponía auparme sobre el sillón y sacarlo de la estantería, también me enamoré y sufrí el viento castellano en aquella colina de Soria, temblé junto a la vieja cruz y sentí el dolor al ver vacía la Venta de los Gatos.

Unos años más tarde, y gracias a mi tío, llegaron otros, Lovecraft en forma de libro de bolsillo (de bolsillo de verdad, porque me cabía en el bolsillo) y Joan Perucho.

A medida que pasaba el tiempo, mi pasión por el género de terror crecía, me recorría los videoclubs de la ciudad siempre buscando esa cinta que me hiciera dormir con la luz encendida, en aquella época (sobre los 14 o 15 años) pasaron por mi viejo VHS algunas cintas memorables. Clive Barker me descubría a Pinhead, Candyman y el Señor de los Deseos (Wishmaster), recuerdo pasar un mal rato con El Dentista, morirme de risa con Mondo Zombi y aprenderme los diálogos de El Día de la Bestia.

Más adelante y en buena compañía comenzamos también a vagabundear por los cines. Nos encantó Scream y nos sorprendimos gratamente con El Proyecto de la Bruja de Blair, aunque saliésemos algo mareados de aquel viejo cine. Aprendí a través de la entrevista de Louis que los vampiros eran seres solitarios, pero tan humanos como nosotros, con sentimientos y luchas internas, aprendí también de Lestat que ser un vampiro puede ser maravilloso. Convertí, por todo aquello, a Entrevista con el vampiro en una de mis películas de cabecera, y más tarde también la novela se ganaría un puesto en mi estantería.

Mientras tanto, caía en mis manos, el que se iba a convertir en referente básico para mi carrera como escritor. Gracias a un amigo de aquella época, leí “El umbral de la noche”, de Stephen King. Y aquel libro marcó un antes y un después en mi vida.

Aunque a estas alturas ya tenía escritos un par de relatos, a raíz de lo que había leído de Lovecraft y Poe, no fue hasta que me encontré con King, que se despertó en mí aquella llama que ya jamás se apagaría (aunque se iba a pasar mucho tiempo tapada). King me llevó a lo más profundo de Jerusalem Lot, donde el gran gusano de carne dormía su sueño macabro a la espera de despertar y devorar el mundo. Recuerdo haber copiado casi por completo su relato “Yo soy la puerta”.

Con el tiempo, y aunque King sigue siendo mi referencia principal, he leído mucho, he escrito mucho y sobre todo, he aprendido mucho. He visto como un ser milenario causaba estragos en Hyacint Street, he acompañado al viejo Ralph en su lucha contra El Rey Carmesí, he viajado con Roland a través de las tierras baldías siempre tras la pista del hombre negro, he subido a lomos de Charlie el Mono y he sentido su rabia y su odio. Yo estuve con Danny en los oscuros pasillos del Overlook, mientras, agazapados y temblando de miedo, escuchábamos el retumbar de un martillo de cricket destrozando las paredes. He sobrevivido al Capitán Trotamundos, he soñado con Madre Abigail y con el macabro Randall Flagg.

Y no sólo King me ha guíado por esos tenebrosos pasillos que me han llevado hasta aquí. He visto como el avatar del inmobrable Chtulu pugnaba por entrar en nuestro mundo a través de una puerta que se abría en Toledo. He visto a una momia regresar a la vida por amor. He recorrido con Lestat centenares de años desde que todavía era un ser humano, hasta convertirse en el Príncipe Caprichoso, lo he visto romper las leyes de los Hijos de la Noche, he visto su romance con la reina y las fatales consecuencias que esto tuvo para ellos.

El terror es esto y mucho más, el terror está en las letras, en el metraje de esa cinta maldita, está en las sombras, en los recovecos de una mente enferma. El terror es la casa sobre la colina Hill, es el libro maldito encuadernado en piel humana, es aquel científico simpático y agradable que se transforma en una verdadera bestia, o es el diablo encerrado dentro de esa botella. El terror es el monstruo sin nombre, que persigue a Victor Frankenstein por los helados baldíos del norte.

El terror es la voz de un niño en mitad de la noche. Es ese sonido como de golpes en la oscura esquina de nuestra habitación. El terror son los arañazos en la puerta que nos despiertan a medianoche. El terror es esa llamada de auxilio desde el espejo de nuestro cuarto de baño, es el sonido del agua en la bañera vacía. El terror es esa mano helada que te coge del tobillo mientras duermes. El miedo es la puerta que se abre en mitad de la noche.

El terror, es el recuerdo de nuestra propia vulnerabilidad, de nuestras debilidades, de nuestra fragilidad, de lo que somos. El miedo, es lo que nos recuerda todo lo que desconocemos del mundo en el que vivimos, el miedo, es el recuerdo constante de que siempre puede haber algo más, algo que nos empeñamos en negar una y otra vez, algo que no debería existir pero que nos vigila, algo que apreciamos por el rabillo del ojo.

El miedo es una sensación incomparable, una determinación inigualable. Nada nos empuja a actuar con más fuerza que el miedo. El miedo a lo desconocido, el miedo a lo conocido, el miedo al qué dirán, miedo a perder algo o alguien. Miedo, siempre presente en nuestras vidas, es una constante macabra, es la chispa que prende la mayoría de nuestras mechas. El miedo es la gota que cae sin cesar hasta desquiciarnos.

Y cada uno teme a una cosa diferente. El miedo está en todos nosotros, sin embargo, se manifiesta con tantas caras, como personas lo sufren. El miedo anida en nuestros corazones y nos acompaña desde el día en que se enciende en nosotros la conciencia.

Yo amo trabajar con el miedo. Disfruto apagando durante un rato mi incredulidad natural, y lanzándome de cabeza al vacío, al abismo, dejar que ese abismo me mire y me transmita todo el horror y el miedo que guarda. Me gusta poner en suspenso la incredulidad y volver a tener 5 años: temer la oscuridad y a los monstruos que se esconden bajo mi cama, me encanta no ver las cremalleras de esos monstruos, disfruto asustándome y asustando a los demás.

Y es por eso que hoy sigo aquí, escribiendo sobre cosas que no existen. Tratando de hacer que todos vosotros pongáis en suspenso vuestra incredulidad durante un rato, intentando que bailéis conmigo a oscuras (sobre todo a oscuras), notando esas manos frías que nos rozan en la negrura de este abismo. Porque el terror, como dice el maestro King, es una danza; una danza macabra.

¿Bailamos?