Seguro que muchos de vosotros (al, menos los que se hayan molestado en leer mi perfil o página de autor), os estaréis preguntado qué pasa con mi supuesta novela: Las Normas de Morgan… Pues amigos míos, la novela está durmiendo el sueño de los justos.

A veces te enfrentas a cosas que no entiendes, y no es que de repente se te aparezca un hombrecillo verde, qué va. Con eso podría vivir.

Cuando terminé de escribir el primer borrador de Las Normas de Morgan quedé satisfecho, totalmente satisfecho. Había conseguido terminar una gran novela en un tiempo récord: menos de un mes. Estaba completamente aliviado, era una sensación maravillosa, la historia lo tenía todo: sangre, amargura, una fuerte crítica social, soledad, desesperación y, al final, maravillosa esperanza. La verdad, quedé muy contento con ella.

Aunque, en un principio nació como un proyecto que presentar a concurso, se me fue el plazo y quedó como una novela, sin más. Empujado por mi lectora beta, decidí lanzarme y probar suerte con el mercado editorial. Comencé a llamar a todas las puertas que me encontré y como el lobo del cuento, les enseñé la patita por debajo de la puerta.

No tardé en recibir respuestas, la mayoría de ellas de esta nueva especie parasitaria que ha brotado alrededor de los que escribimos: las editoriales de co-edición. Lampreas que se alimentan del dinero del escritor y no del de los lectores. Como ya me los conocía, simplemente, declinaba las ofertas y: ¡Vaya usted con Dios, buen hombre!

Pronto recibí un correo un poco diferente, alguien estaba dispuesto a publicarme la novela y, aunque en un principio querían que pagase yo los gastos de publicación, ahora me ofertaban un modo diferente de publicar: yo no pagaba nada, ellos me publicaban y ya está. Yo me alegré, y pensé que iba a ser una buena experiencia, quedamos en hablar más tarde… Pero nunca más supe nada… supongo que el capitán Garfio le robó el teléfono al fulano este

Bueno, son cosas que pasan, así que yo seguí a la mía. Unas semanas más tarde, recibí una nueva llamada, otra editorial interesada. Otra vez lo mismo, publica previo paso por caja. Decliné la oferta y a los dos o tres días, llamaron de nuevo: publica, nosotros pagamos. Como ya no me fiaba un pelo, pregunté y pregunté y pregunté… Todo parecía muy correcto y comprometido, así que acepté… ¿Por qué no iba a hacerlo? Estaba a punto de cumplir mi sueño.

Hablamos un par de veces más por teléfono y por correo, en cada llamada, en cada mensaje, mi novela les parecía más buena, más potente, estaban ilusionados. A las pocas semanas recibí el contrato, lo revisé y no vi nada fuera de lo normal (claro, no soy abogado), así que firmé y lo envié. Recibí su copia firmada del contrato y quedamos en: «ir hablando«. La fecha de publicación se calculó sobre octubre o noviembre. Muy bien, sí, sí, ajá. P-e-r-fecto.

Viendo las cosas con la perspectiva de la experiencia, creo que debemos parar en este punto del relato, para comentar algunas cosas. Cuando me pidieron el manuscrito, yo avisé: «es un primer borrador, necesito algunas semanas para revisarlo, si me podéis dejar«. «No importa«, dijeron, «trabajaremos sobre el borrador y ya iremos editando«. Esto que debería haberme olido raro, pasó por delante de mis narices contoneándose como una puta barata bañada en Chanel de imitación, ¿que qué hice? Lo normal, enviar el borrador.

Bueno, ¿Os he dicho ya que iba a cumplir mi sueño? En fin, desde el momento en que les envíe mi manuscrito, comenzó la pesadilla. No sabría como describir todo lo que he ido pasando desde aquel momento, supongo que Via Crucis puede resultar exagerado, aunque la verdad que no andará demasiado lejos.

Desde aquel momento dejé de recibir noticias de mis editores (esto fue en abril). Yo enviaba algún correo preocupándome por el estado del manuscrito y recibía respuestas vagas, y eso cuando las recibía. No sabía muy bien qué pensar, así que, alma de cántaro, quise pensar lo mejor: será así como se hacen estas cosas.

Sobre el mes de Octubre recibí el primer correo de mis editores. Lo abrí con muchos nervios, supuse que será el manuscrito corregido y que hablaríamos de fechas. Por fin iba a poder aportar algo a mi obra, implicarme en el trabajo editorial. Vería mi trabajo casi terminado y daría los últimos toques.

Craso error. En el mensaje me adjuntaban el manuscrito y unas escuetas frases: nuestra correctora está teniendo muchas dificultades con tu obra, y no va a estar para Noviembre, no podemos decirte para cuando estará. Nada más. Ni una explicación, ni un motivo. Nada. Niente. Nanay.

Abrí el documento y me quedé de piedra. Correcciones. Correcciones. Correcciones. Toooooodo estaba mal. Miré las anotaciones, más por curiosidad que por otra cosa, y para mi asombro todas ellas se basaban en una palabra: repetición. No había ningún otro fallo, no había faltas de ortografía, ni errores gramaticales o de estilo. Solo había repeticiones. Unas 20 o 30 por página.

En este punto hagamos otro inciso. ¿Cuántas repeticiones molestas eres capaz de meter en una página? Me juego lo que quieras a que no más de 5. Es imposible. Mi error en ese momento fue ofuscarme y no querer mirar más allá. Fue mi pareja la que, más tarde, se dio cuenta de que todas las correcciones (durante 5 hojas) tenían la misma hora y la misma fecha, apenas había unos segundos de diferencia entra las correcciones de la primera páginas y las de la página 6, por ejemplo, y todas tenían fecha de octubre.

Bueno, no supe muy bien como reaccionar, en este tema era un completo novato, así que callé y plegué velas. Les dije que no había problema, que siguieran trabajando, que lo importante era la publicación de la novela, y aunque no estaba de acuerdo en algunas correcciones ellos eran los profesionales. Obtuve la callada por respuesta.

Unos cuatro meses después, a principios de febrero o finales de enero, recibí otro correo. En ese momento ya había revisado con más calma las «correcciones» y había almacenado bastante bilis. En el correo me pedían con mucho cariño y formalidad, que ampliara el contrato, ya que «era imposible llegar a tiempo, debido a las muchas correcciones que necesitaba mi manuscrito«…

Como ya os podéis imaginar me negué a prorrogar el contrato. Contesté con una educación que no se merecían, y les dije que después de observar lo extraño de esas correcciones y de no saber absolutamente nada de ellos en meses, prefería ceñirme al contrato y no alargar más la colaboración.

La reacción que obtuve podría haber sido perfectamente la de una exnovia despechada, o peor todavía, la de un poligonero cuando le tocas las tetas a su novia en la discoteca. Aguanté el chaparrón, pero como ya estaba calentito, les dije un par de cosas, ya hablé sobre este tema en el blog de EFE y no me apetece volver sobre lo mismo. A palabras necias, oídos sordos.

No sólo tuve que soportar el no saber nada de mi trabajo durante meses y meses, no sólo he tenido que aguantar que mi novela haya estado muerta (o en coma) durante todo este tiempo, además tuve que aguantar como un personaje que no respeta su trabajo, me insultaba a mí y al mío. Incluso tuve que recurrir a un abogado para que dejarán en paz mi novela y no sufrir «consecuencias» inesperadas (El contrato contenía cláusulas abusivas ¡Sorpresa!).

A mí me importa muy poco lo que me tenga que decir alguien que trabaja de esa manera, yo soy una persona profesional y estoy muy orgulloso de eso; he conseguido trabajar de mi escritura gracias a mi esfuerzo, hay días en los que me acuesto a las 3 de la madrugada porque tengo plazos de entrega que cumplir, jamás he insultado a un cliente, nunca los he tratado mal y de ninguna manera he menospreciado su trabajo o su persona. Por esa parte, tengo la conciencia muy tranquila.

Estaba muy dispuesto a hacer una excepción con ellos y mentarles a sus muertos; los más frescos y los más secos, por igual, sin hacer diferencias. Pero no quiero bajar a su nivel, así que no diré nada.

Yo no publicaré mi novela (esa que no he sabido escribir, según tus palabras) con tu editorial, y ¿sabes qué? Me alegro, de verdad, me alegro de haber visto lo que se esconde detrás de los silencios y la ocasional zalamería barata. Si una cosa huele a podrido, suele ser porque está podrida, en estas cosas no suele haber mucho misterio.

Puede que no publique con tu editorial, esa que tiene 8 millones de seguidores (cien veces más que el Grupo Planeta, me tienes que dar el secreto, majete), puede que no vea mi novela publicada bajo tu sello editorial… y la verdad que me importa una mierda.

No quiero tener nada que ver con este tipo de personas que se dedican a parasitar el trabajo, los sueños y las esperanzas de los demás.

Mi novela sigue en coma, muerta en vida, asesinada antes de nacer por la falta de profesionalidad de unas personas que crecen al amparo de los silencios y la vergüenza de los que caen en sus garras. También, por mi culpa, por precipitarme, por querer correr antes de andar.

Yo no les tengo miedo (me importan muy poco las amenazas que me lanzasteis, podéis decir de mí lo que os dé la gana), y por eso me he decido a escribir todo esto.

Pero mi novela tiene el espíritu de los buenos malos de cine como Freddy, Jason o Michael Myers… y nunca muere. Puede que esté en coma, puede que creas que la has vencido, pero el horror siempre vuelve y acaba por morderte el culo.

Siempre.