J-Horror: La estructura del relato de terror japonés

J-Horror: La estructura del relato de terror japonés, Víctor Selles

Hoy quiero aprovechar la reciente publicación de Dark Water, antología de relatos de Koji Suzuki (autor también de la trilogía de Ring) por parte de Satori Ediciones para tratar un tema que siempre me ha fascinado. Tanto Dark Water como Ring fueron dos de las películas de terror japonesas que más me impactaron en su momento, y mientras espero a reducir un poco mi pila de libros pendientes para pillármelo, me ha parecido interesante abordar el tema del género de horror japonés. ¿Y en qué mejor sitio para hacerlo que en Excentrya, la casa de mi colega Jaume, y bastión digital del terror por excelencia?

El origen del cuento de fantasmas japonés

A veces es fácil olvidar de que existen otras formas de contar historias, otras sociedades con sus propias idiosincrasias. El enriquecimiento que recibe un escritor abierto a las influencias de narrativas ajenas a su acervo cultural es inconmensurable. Por ejemplo, una de las cosas que me ha llamado la atención sobre la antología de Suzuki es que todos los relatos están relacionados de un modo u otro con el agua. En tanto muchas de las historias de fantasmas occidentales suelen acontecer en lugares “secos”, como cementerios o mansiones, las historias de fantasmas japonesas están muy relacionadas con lugares húmedos (aparte de la obra ya citada, cabe destacar el depósito de agua en Ring, y la multitud de escenas que tienen lugar en baños o en duchas).

A menudo estas diferencias son consecuencia de diferentes tradiciones y costumbres. Muchas de las películas de J-Horror que podemos disfrutar hoy día reciben su principal inspiración de los kaidan, término que hace referencia a la historia de fantasmas (o yurei) tradicional. Esta palabra tiene su origen en la Época Edo con el auge de la popularidad de un juego conocido como Hyakumonogatari Kaidankai.

Para poder jugar, eran necesarias tres habitaciones distintas. Los practicantes actuaban del siguiente modo: Primero, en la tercera habitación, encendían un centenar de velas. Después, colocaban frente a ellas un único espejo. Con la oscuridad de la noche, los jugadores se reunían en la primera habitación y contaban, por turnos, historias de fantasmas. Cada vez que terminaba una historia, el orador correspondiente caminaba hasta el último cuarto, apagaba una de las velas y miraba fijamente al espejo. Con cada historia, la habitación se iba quedando cada vez más oscura y aumentaba el miedo los participantes de acabar convocando a un espectro cuando se apagara la última luz.

Puesto que era muy difícil recordar cien historias diferentes, se puso de moda la venta de libros y panfletos diversos con relatos de aparecidos y otras cuestiones sobrenaturales. Sus autores, siempre a la busca de nuevas historias, recorrieron todos los pueblos de Japón, recopilando experiencias y cuentos al modo de los hermanos Grimm, creando un corpus de folclore de incalculable valor.

Diferencias en la estructura narrativa

Por otro lado, las narraciones occidentales y las historias japonesas siguen una estructura parecida, pero no idéntica. Como lectores o espectadores las diferencias entre ambas pueden causarnos una leve confusión, pero al mismo tiempo forman parte de su encanto.

En la narrativa occidental, es el protagonista el que, con sus acciones, hace progresar la historia. Esto resulta evidente en cualquier estructura narrativa (puede ser el viaje del héroe, de Vogler, o el método BS2 de Snyder, o cualquier otra versión que se nos pueda ocurrir). El héroe tiene un objetivo, actúa, sus acciones provocan reacciones, y hay fuerzas que se le oponen y obstáculos que debe superar.

La narrativa japonesa a veces se rige por otras leyes. En ella, la fuerza motriz de la historia no es el conflicto, sino la causalidad. Las motivaciones del personaje tienen muy poca importancia: son sus acciones, o con frecuencia acciones externas al mismo, las que actúan como vehículo de la trama. La diferencia fundamental es que la conclusión de la historia puede o no puede estar relacionada con los objetivos del protagonista. En otros casos, son las motivaciones del antagonista las que ponen en marcha la historia. Y en muchas ocasiones, la narrativa japonesa no culmina con una resolución precisa, sino que es perfectamente válido terminar sin ofrecer conclusión alguna. Todo esto se pone de manifiesto en una estructura de acción-reacción: eventos que se suceden uno detrás de otro, y las correspondientes reacciones de los personajes implicados.

Utako Matsuyama pone el siguiente ejemplo de estructura «típica» de una historia japonesa:

“El protagonista es una persona honesta y amable que ayuda a un animal atrapado, a una estatua (jizo) o a un dios hambriento [suceso aleatorio, que no coincide con los objetivos del personaje]. Como consecuencia, le ocurren muchas cosas buenas. Entonces, otra persona, normalmente un vecino, se da cuenta de su suerte y quiere conseguir lo mismo [el antagonista]. La conclusión de la historia es que la honestidad y la bondad son virtudes que tienen su recompensa”.

Tanto la ausencia de objetivo del protagonista como la estructura de acción-reacción tan propia del folklore japonés funcionan particularmente bien en el género de terror, pues crean “una sensación de indefensión frente una realidad despiadada”. Muchas de las películas de J-Horror siguen esta estructura narrativa, y muchas de las adaptaciones americanas de las mismas sacrifican esta particularidad del terror nipón para seguir un patrón más clásico y menos arriesgado para el público.

Resulta cuanto menos curioso que, a pesar de todas estas diferencias, los yurei japoneses no se comporten de un modo tan distinto al de nuestros queridos y temidos fantasmas occidentales. Los yurei buscan ser enterrados siguiendo los ritos correspondientes, o bien resolver el conflicto emocional que los liga al mundo físico. La mayoría de los fantasmas japoneses son rencorosos y destructivos, pero algunos también vuelven para impartir justicia o para recompensar a aquellos que les ayudaron a encontrar reposo. Algunos kaidan, por ejemplo, cumplen perfectamente el modelo estructural de “la muerte agradecida” (the grateful dead) y otros actúan del mismo modo que un poltergeist (el zashiki warashi, espíritus de niños que disfrutan gastando bromas a los habitantes de la casa, pero que no son realmente malvados).

Si os llama la atención el tema del horror del país nipón, la editorial Saco de Huesos publicó hace ya un tiempo una antología centrada en el terror oriental, con trece relatos escritos por autores de lengua hispana. Y recientemente, para el tema más genérico de los espectros, también fue publicada la antología Aparecidos en la misma colección, que incluye, junto a otras historias, mi relato Frascos. Y por supuesto, siempre podéis haceros con la antología Dark Water o con la colección de Cuentos tradicionales de Japón, de Richard Gordon Smith (no necesariamente de fantasmas), ambos publicados por Satori Ediciones.

Víctor Selles

Víctor Selles es escritor (aunque a él no le guste llamarse a sí mismo así) y corrector profesional. Él es el rostro detrás del blog Moral de Frontera, donde cada semana nos da sus consejos sobre el terror en la literatura, además forma parte del equipo de Ateneo Literario.

Referencias:

Kaidan: Traditional Japanese Ghost Tales and Japanese Horror Film

The Skeletal Structure of Japanese Horror Fiction

Chris’ Guide to Understanding Japanese Horror

Escritor y redactor. Me encanta escribir y los blogs. Me gusta compartir lo poco que sé con los demás. Soy geek y orgulloso. Autor de Blackwood: Piel y Huesos. ¿Quieres saber más? Lee lo que escribo, no tardarás en conocerme.