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Conflictos con tu obra

Últimamente estoy recibiendo muchos correos y mensajes de lectores que tienen problemas con sus obras, siempre suelen decirme que están estancados o que sus obras no tienen chispa, que les falta algo.

A mí me gusta ayudar siempre al que se toma la molestia de contactar conmigo, es lo menos que puedo hacer por ellos. Por eso contesto y por eso, también, envié un correo a todos mis suscriptores preguntando qué puedo hacer por vosotros (todavía estáis a tiempo).

Implicación

El principal problema con el que me encuentro cuando alguien me comenta algo sobre su obra, suele ser la implicación emocional del autor en su trabajo. Escribir te fuerza a implicarte en lo que haces, de una manera o de otra. Para escribir bien o, al menos, para enganchar al lector, tienes que implicarte.

El problema, como en todo, es que los extremos no son aconsejables; si te implicas demasiado corres el riesgo de parecer moralista, rabioso o afectado, pero, si por el contrario, no te implicas en lo que estás escribiendo tu obra carecerá de ritmo y de fondo (de alma), por lo que parecerá plana, sin empuje.

A veces, comenzamos a escribir con una idea que parece genial, estamos muy motivados, estamos seguros de que todo funciona: los personajes, la trama, el escenario, sus historias, incluso estamos seguros de que la subtrama será increíble… Pero, al poco tiempo nos damos cuenta de que algo no funciona, tras las primeras 1000 o 2000 palabras, comenzamos a perder fuelle.

[bctt tweet=”si te empeñas en ver un dragón blanco surcar los cielos de tu ciudad, seguramente, lo acabarás viendo.”]

¿Qué ha sucedido? Te preguntas, ¿cómo es posible que no funcione? Si todo estaba genial, como puede ser que, de repente, se nos hayan caído los palos del sombrajo. No hay una respuesta para esto, hay muchas. Puede que tus personajes no fuesen tan buenos, puede que te sobre alguno, puede que no hayas empezado la historia en el momento adecuado, puede que la hayas dejado demasiado tiempo y se haya enfriado, quizá el escenario no es el adecuado, tal vez la trama tiene algún agujero…

O, a lo mejor, simplemente has perdido la implicación en la historia. Esto nos sucede a todos en algún momento, perdemos el interés por lo que estábamos escribiendo, deja de parecernos interesante y por más que nos forzamos no somos capaces de escribir dos frases seguidas con sentido.

Esto tiene solución, por una parte puedes dejar esa historia tal y como está (yo jamás borro nada, tengo muchísimos retazos, retales y manuscritos a medias), deja que repose, olvídate por completo de él, desintoxícate de sus personaes y coge distancia con la obra. Si dentro de un tiempo te salta la chispa y una gran idea te asalta, entonces no lo dudes, lánzate de nuevo a escribirla y, si puedes, termina de hacerlo.

Aunque te doy este consejo, en realidad lo hago porque yo sufro Diógenes con la escritura. Siendo realista, será muy complicado que retornes a esa historia, si lo haces ya no será lo mismo, ya no será “la misma” historia. Y no es por ella, es por ti.

Tempus fugit

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El tiempo y el escritor, condenados a entenderse.

El tiempo suele ser nuestro mayor enemigo. A muchos (a la gran mayoría) siempre parece que nos falta tiempo para escribir. Tenemos muchas obligaciones; trabajo, estudios, familia, amigos… Entre toda esa maraña de bártulos que llamamos vida, necesitamos encontrar un momento de tranquilidad para sentarnos y escribir.

Resulta complicado y yo no voy a decirte que “siempre puedes encontrar un momento para escribir si de verdad lo deseas”. No lo haré, porque yo mismo no lo encuentro cuando lo necesito, así que no voy a decirte qué hacer para luego no hacerlo yo.

Es verdad que siempre hay tiempo si uno quiere encontrarlo, pero supongo que es como todo, si te empeñas en ver un dragón blanco surcar los cielos de tu ciudad, seguramente, lo acabarás viendo.

El tiempo es finito (aunque digan lo contrario, el nuestro sí lo es), no puedes parar el reloj, de la misma forma que no puedes atrasarlo. Puedes encontrar tiempo para escribir, pero para ello vas a tener que quitárselo a otras cosas; puede que estrenen esa serie que llevas tanto tiempo esperando, entonces… ¿Vas a perdértela por escribir? Si tu respuesta es sí, te envidio. Yo no tengo tanta fuerza de voluntad.

Los escritores necesitamos encontrar tiempo para escribir, necesitamos hacer sacrificios para rascar ese tiempo extra y para eso necesitamos estar motivados y seguros. Si no lo estamos, no nos concentraremos en la escritura y nos pasaremos el rato pensando en otras cosas o en “soltar” esas 1000 palabras diarias y largarnos a ver la tele.

Si quieres escribir hazlo, pero céntrate en ello. Prepara un horario (si lo necesitas) y trata no procastinar demasiado. Tienes que estar motivado, tienes que querer realmente hacerlo, de otra forma lo único que conseguirás será perder tu tiempo.

Tú no eres tu personaje

Quizá el mayor problema con el que me encuentro sea el de los personajes. Los escritores tenemos una relación enfermiza (muchas veces tóxica) con nuestros personajes.

No te puedes enamorar de tus personajes (sería como enamorarte de ti mismo), no puedes arroparlo y cantarle nanas, mientras le susurras que todo irá bien. No. Nada tiene que ir bien para él; si todo le va bien, no hay conflicto y sin conflicto tu obra será aburrida, y si tu obra es aburrida el lector no se enganchará. Así de sencillo.

Tú no eres tu personaje. Tu personaje tampoco es tu madre, ni tu novio, ni es tu mejor amigo. Tu personaje no existe más que en tu imaginación, así que deja de cuidarlo como si fuera de cristal. Haz que sufra, arráncale todo lo que ama y déjalo desnudo en medio de la nieve. Que aprenda a valerse por sí mismo.

Tú personaje no existe en la vida real. Si le cortas una mano no te va a salpicar la sangre, si le disparan no estarás matando a tu vecino o esa persona que se te coló en el super el otro día. Deja de tener miedo al dolor, el dolor es bueno, la felicidad, por el contrario, es muy aburrida. (Me refiero a la de tus personajes, no vayas a cortarte una mano).

A no ser que trabajes para el Marvel de los años 50, tu personaje tiene que sufrir, tiene que fallar y tiene que sudar sangre para conseguir lo que quiere (y muchas veces, quedarse sin conseguirlo). A mí no me gustan los personajes estilo navaja suiza, capaces de todo, buenos en todo, con millones de recursos a mano (curiosamente con un recurso para cada ocasión). Me gustan los personajes que fallan, que tropiezan, que tienen miedo. Me gusta que sean como yo: humanos.

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Enfréntate a tus personajes, no dejes que te dominen

Tú no eres tu personaje. Yo nunca iría por ahí insultando a la gente, a mí no se me ocurriría llamar a una mujer: nena, o ponerme a gritar burradas como: negro o maricón. Yo no haría eso jamás, pero mi personaje sí puede hacerlo, porque tal vez se trata de un tipo con pocas luces, machista, homófobo y racista, el tipo de persona que sí dice esas cosas.

Si tu personaje es un tipo que va por ahí con la bragueta abierta, la camiseta sudada, oliendo a tabaco y cerveza, que se rasca el culo y que eructa en público, si es ese tipo de persona que te hace cruzar de acera, haz que hable y se comporte como tal. En la vida real los sapos son sapos, no príncipes hechizados.

Hay que saber tomar distancia con nuestros personajes, hay que saber trazar esa línea y perder el miedo a joderles la vida.

Ahora te toca a ti, ¿tienes problemas con tu obra? ¿Crees que estás estancado y no sabes por cómo continuar? Si tienes algún problema con tu obra deja un comentario y cuéntame qué te pasa o, si lo prefieres, puedes ponerte en contacto conmigo a través del correo electrónico.

 

Escritor y redactor. Me encanta escribir y los blogs. Me gusta compartir lo poco que sé con los demás. Soy geek y orgulloso. Autor de Blackwood: Piel y Huesos. ¿Quieres saber más? Lee lo que escribo, no tardarás en conocerme.