Hace unas semanas, en mi artículo sobre los blogs mediocres, hablé sobre las personas que se comparan. Bueno, en realidad hablé sobre esos blogueros que quieren «ser como…». A Cris Mandarica le hizo gracia y me contestó con otro artículo.

Compararse o no compararse, esa es la cuestión. La mayoría de nosotros nos comparamos con los demás, es inevitable. Tanto la literatura como los blogs, son mundos muy competitivos y, aunque queramos pensar que todos remamos juntos, la triste realidad es que las alegrías ajenas nos dan una buena patada en los dientes, la gran mayoría de las veces.

Y lo sé porque a mí, salvo honrosas excepciones, me las dan. Lo sé, porque muchos son los que, tras las cortinas, se acercan a mi oído y me susurran: “¿Te puedes creer que ese que no sabe escribir tenga tantas visitas?” o “No me puedo creer ese que ese idiota vaya a publicar un libro… ¡Si no sabe escribir!”. Nos comparamos con los demás a todas horas. Es inevitable. Es la programación que hemos recibido desde cachorros: tienes que ser EL mejor, todo lo que no CONSIGAS se lo va a llevar otro, NO dejes que te ganen… Supongo que ya sabes a lo que me refiero.

Es un poco como dejar de fumar. Sabes que tienes que dejar de hacerlo, que es un hábito horrible que te está matando… sin embargo, ¿cómo dejas una costumbre que llevas aprendida desde el biberón?

La psicología de la comparación

Los blogueros y los escritores emprendedores somos animales solitarios. Nos sentamos frente a nuestros ordenadores, en la intimidad de nuestras habitaciones y hacemos lo nuestro. Trabajamos así, disfrutamos tremendamente de nuestra independencia, al tiempo que nos flagelamos pensando: “¿Cómo le estará yendo a este con el lanzamiento?”, “El muy cabrón tiene más seguidores en Facebook que yo”…

Oye, no te sientas mal. Es normal. Tener un blog se basa en las métricas: visitas, tasa de rebote, suscriptores… Parece que estamos aquí para medírnosla constantemente. Estamos hiperconectados, cada uno de nosotros existe dentro de la red del otro, nos comparamos para tratar de entendernos, de entender qué hacemos… ¿Qué repercusión tengo en Twitter? ¿Por qué no tengo tanta relación con los demás como Fulanito?

Las redes sociales han elevado la comparación a una forma de vida. Al fin y al cabo, las redes sociales existen para eso, para exponernos. Nos comparamos con los demás en cada interacción, incluso si no lo haces conscientemente. ¿Ese otro bloguero está compartiendo el contenido de X? ¡Tú no puedes ser menos! Comparas tus vacaciones con las de los demás, a tu familia, tu comida, tu casa, tu estilo de vida… Y ni siquiera te paras a pensar que eso que estás viendo, seguramente sea mentira.

Arriba y abajo

Sí, igual que sucedía en aquella serie británica tan chula, hay dos niveles de comparación. Nos comparamos hacia arriba y hacia abajo.

Miramos hacia abajo cuando necesitamos sentirnos mejor con nosotros mismos: “Já, mira ese pringado que se cree escritor”, nos hace sentirnos mejor, nos anima y refuerza nuestro ego. “Comparado con Menganito, lo estoy haciendo de maravilla”. Y en ese momento, te relajas, algo estás haciendo bien.

¿Te sientes mal? Pues que sepas que lo haces y no pasa nada. Este tipo de «comparación social» es una forma de autorregular nuestros estados de ánimo. Hace poco en el grupo de Facebook de El Escritor Emprendedor, Ana González Duque lanzaba la idea (aplaudida por todos, por favor, Ana, hazlo) de lanzar un libro para la salud del escritor. Gabriella Campbell lanzaba la sugerencia de que no se quedase simplemente con las dolencias físicas, que fuera más allá, y hablase de las enfermedades y problemas mentales. Yo estoy de acuerdo, es necesario establecer unas normas de higiene mental, y creo que el tema de la comparación con otros escritores entraría dentro de este ámbito.

Compararse con otros escritores

Compararnos con otros escritores nos limita, nos encierra en un bucle peligroso del que, algunas veces, nos costará mucho salir.

Mirar hacia abajo te hará sentir bien una temporada, a lo mejor algo más de una hora, pero eso no es una ayuda real. No sirve para nada al final de día. La productividad, el éxito, el fracaso y la satisfacción dependen exclusivamente de ti y de las acciones que decidas tomar. Si dependes de que los demás fracasen para sentirte bien, además de ser mezquino, serás un infeliz para el resto de tus días.

¿Un pequeño consejo? Tras años de frustración al compararme con TODO el mundo. Desempolvé todos mis años de antropología social, en concreto de ética y filosofía y recurrí a ellas para entender qué cojones me estaba pasando. Me di cuenta de que la solución era mucho más sencilla de lo que pensaba, en lugar de compararme, de regular mi estado de ánimo en función de los demás, aprendí a fijarme en mis objetivos y en mis planes de futuro. La satisfacción que consigo cuando alcanzo una nueva meta, por muy pequeña que esta sea, me da mucha más alegría que esa falaz emoción de ver a los demás por debajo de mí.

La fortuna es una zorra

El éxito es efímero. La fortuna es voluble… Y otras 200 frases hechas que te indican que el éxito no lo es todo.
Compararse hacia arriba es el gran peligro de los escritores y de los emprendedores en general. Cuando observamos a las personas que consideramos más exitosas, a las que creemos que lo están haciendo mejor que nosotros, nos ponemos en riesgo. A nosotros y a nuestro trabajo.

En primer lugar podemos caer en el pensamiento de «imitar» hasta conseguir lo que ellos han logrado. Esto es como alcanzar el sol con alas de cera. De entrada tú solo ves lo que han conseguido, es como llegar a día de hoy frente a una catedral y pensar: «yo también puedo hacerlo»… ¿Tienes idea de todo el trabajo que hay detrás? ¿Sabes cómo funcionan los arcos? ¿Sabes algo de artesonados, encofrados, columnas, vidrieras? Nunca pensamos en el esfuerzo, la dedicación y el sufrimiento que hay detrás de esos éxitos. Además, a nadie le gustan los refritos, así que… No seas idiota, no imites.

Compararse hacia arriba también te hace perder de vista tus objetivos. Quieres ser como tal o cual y, de repente, tu meta de tener un blog divertido y practicar escribiendo cada semana para ser mejor escritor, se pierde y tienes que adoptar las mismas metas que tu objeto de admiración. Incluso cuando no has publicado nada en tu vida, de repente, te conviertes en un experto escritor y das consejos a personas que sí han publicado cosas… Otro error, mon ami.

Compararte hacia arriba te llevará a hacerte bullying a ti mismo. Te dirás cosas como: «mi blog nunca quedará tan bien como el suyo», «nunca tendré estadísticas como las suyas», «no sé que estoy haciendo». En el peor de los casos, te llevará a abandonar tu trabajo porque «nunca serás tan bueno como ellos».

¡Es una trampa!

Las redes sociales son la gran trampa de la comparación. Ya existen estudios que revelan que meternos en ese fango lleno de fotos de parejitas felices, de perretes monísimos, de comida, de viajes y de éxitos, daña profundamente nuestro amor propio. Estos estudios señalan que causan problemas de ansiedad y hasta de depresión.

Aunque no todo es malo. Las redes sociales también nos acercan a otros con intereses similares. Gracias a las redes sociales podemos crear grupos de Masterminds, con los que trabajar a otro nivel. Además, cuando nos sentimos bien y las cosas nos van bien, ver cómo los demás están teniendo éxito en algo podría motivarnos también a nosotros. «Si ella lo ha logrado, yo también puedo hacerlo», es como remangarse y ponerse a remar con más fuerza.

Cuando stalkeamos a alguien exitoso, debemos esforzarnos para no compararnos, sino convertirlo en nuestro modelo de inspiración.

Por si no os habéis dado cuenta, hay una paradoja en todo esto que os acabo de contar. Porque cuando somos felices, nos importa una mierda lo que les pase a los demás. Cuando las cosas nos van bien, estamos a tope, trabajando como locos… No tenemos tiempo —ni ganas— para pasearnos por el blog de la competencia o para ver qué están haciendo por Twitter.

Redes sociales y compararse con otros escritores

Las redes sociales son una de las peores trampas que nos hemos creado a nosotros mismos.

Es cuando las cosas nos van mal cuando nos fijamos en ellos. En los buenos momentos sabemos lo que estamos haciendo, sabemos a dónde vamos y qué es lo que queremos. No necesitamos que se nos valide.

El escritor que se compara

Hasta ahora os he hablado de los blogs y de las redes sociales. Pero somos escritores… ¿Qué pasa cuando te comparas como escritor con otro escritor? Pues que las cosas se pueden poner muy feas. Comparar tu escritura con la de los demás, te puede llevar a no escribir tu historia.

El poder de una historia no reside en el número de personas que la hayan leído o que vayan a leerla. El poder de una historia reside en sí misma.

Hace poco terminé el primer borrador del manuscrito de una novela de terror. Se trata de una novela de corte victoriano, pero con ambientación y temática lovecraftiana. Durante la escritura pensé muchas veces, que no estoy a la altura de Lovecraft —vamos, es que ni me acerco—, pero si me hubiese dejado llevar por ese sentimiento… No la hubiese escrito. Y la historia necesitaba ser escrita. Yo necesitaba escribirla.

¿Crees que Harry Potter y la Piedra Filosofal es buena solo porque la han leído millones de personas? No. Claro que no. Harry Potter y la Piedra Filosofal es bueno porque es una gran historia. ¿Te imaginas que Rowling hubiese comparado a su protagonista con Bilbo Bolsón? ¿O qué hubiese decidido dejar de escribirla porque su prosa no era tan buena como la de Tolkien? Hoy en día no tendríamos a uno de los grandes personajes de la literatura.
Rowling confiaba en su historia. Aguantó. Escribió y reescribió. Soportó las cartas de rechazo una y otra vez, porque la historia, incluso en el primer borrador, era buena.

Por mucho que se vendan los libros de Tolkien o de Lovecraft, siempre hay espacio para un nuevo héroe, para un nuevo terror… ¿Por qué no tiene que haber espacio para una historia de terror que recupere esos mitos? El mundo no quiere a otro Lovecraft, ni a otro Joe Abercrombie. Te necesita a ti, me necesita a mí. Por eso tenemos que seguir escribiendo y hacerlo con nuestra voz.

Nadie nace sabiendo

Seguro que jamás te esperarías que un chaval de primaria corriese tanto como Usain Bolt. Un chaval en edad de crecimiento no tiene el equilibrio ni la potencia muscular de un adulto entrenado y preparado para ser un corredor. Sin embargo, a los escritores se nos exige que, desde el minuto uno seamos los mejores. No se nos perdona ni un error, todos nuestros libros tienen que ser perfectos, incluso cuando no hemos escrito nunca antes
Es imposible que mi primera novela fuera tan buena como una de Stephen King. Él lleva toda la vida publicando y escribiendo guiones para televisión.

Lo niños gatean, luego dan sus primeros pasos, andan torpes durante años y al final, durante esos últimos años de colegio, ya comienzan a ser atletas aunque siguen con ciertas limitaciones. Los escritores comenzamos con palabras, luego frases completas, después párrafos y al final, conseguimos empaquetar un manuscrito completo. Tras ese primer manuscrito, vienen las correcciones y la reescritura.

Los niños caen muchísimo cuando aprenden a caminar y nosotros la cagamos muchas veces en el proceso de escritura y corrección. Aún así, no será hasta mucho después, tras entrenar mucho y publicar mucho, cuando tendremos el entrenamiento y la musculatura necesaria para pelear en condiciones con monstruos como King.

Compararse con otros escritores

A un escritor novel pocas veces se le ofrece la oportunidad de aprender y de crecer. Cada novela se juzga como la de un profesional y eso, es un error por parte de lectores y de editoriales.

Sin embargo, a nosotros se nos exige siempre lo mejor. Nuestra primera novela tiene que ser revolucionaria o no servirá. Tendremos que estar a la altura de los grandes o no se nos perdonará… ¿por qué?

¿Alguna vez has dibujado? ¿Y lo has hecho bien a la primera? ¿Eres capaz de coger un pincel y pintar como Miguel Ángel? Ah, claro… Es que nunca has pintado, ¿verdad? Pues todo aquel pintor que, sin haber tocado un pincel, no sea capaz de crear obras maestras como las de Leonardo o Caravaggio, es un fraude y un fracaso. Un mal pintor.

¿A que jamás te plantearías una salvajada así? Pues a los escritores nos hacen esto siempre. Si fallas una vez, ya no sirves. Si tu primera novela no es maravillosa, no eres un buen escritor. Nos comparan y nos obligan a compararnos. Muchos lectores nos exige una calidad que pocas veces se exigen a ellos mismos en sus vidas —y sí, estoy hablando de reseñas planas y con faltas de ortografía incluidas, por ejemplo—. Y lo mismo te puedo decir de las editoriales, que muchas veces exigen una calidad al escritor novel o desconocido, que no exigen en la mayoría de sus publicaciones.

En fin… Yo sé que es muy fácil venir aquí y deciros que nos os comparéis con este y con el otro. A la hora de la verdad, cuando se nos exige que seamos siempre los mejores, compararnos es inevitable. A estas alturas yo solo os puedo decir que a mí, compararme estuvo a punto de hacer que abandonase todo esto. Solo cuando dejé de mirar a los demás, empecé a disfrutar de verdad de esto.

No te compares con los demás. La única persona con la que deberías compararte es contigo mismo. ¿Esa frase que has escrito hoy suena mejor que la que escribiste ayer? Entonces sigue así, lo estás haciendo bien.